domingo, 11 de septiembre de 2016

Lineal C Serial 10: Alfa


Viernes


—¡Déjame, hijo de puta! —gritaba la muchacha mientras corría por el bosque totalmente enloquecida en medio de una tormenta espantosa.
No se daba mucha cuenta de lo que hacía. El ácido tiene esa particularidad.
Javier la perseguía desde hacía tiempo. Venía detrás resbalando y quejándose bajo las mismas condiciones que ella. Afortunadamente, él lo soportaba mejor. Con el tiempo había llegado a poder distinguir la realidad de la ficción concentrándose en ese extraño hueco que dejan los pliegues del velo lisérgico.
Tan sólo un poco antes, terminada ya la cena, los dos estaban muy contentos en el dormitorio, entre copas, divirtiéndose con cerezas y nata. Jugaron, se tocaron, se excitaron, se pusieron un par de papelinas de Lsi bajo los párpados y empezaron a follar de una forma a la cual la muchacha no estaba muy acostumbrada.
Cuando Javier se la quiso meter por detrás y empezó a doler, ella se quejó y él, creyéndola ya una puta en su delirio, le apretó el cuello contra la almohada y empezó a forzarla.
Ella le dio una patada en los riñones que lo dobló de golpe y se precipitó escaleras abajo con la poca ropa que llevaba.
Javier hizo lo mismo. Estaba muy cabreado y albergaba la intención de violarla de verdad. Pero, con el frío, el agua y la caminata, el ardor se disipó camino de una psicodelia fosforescente y deforme.
Desde entonces corrían así uno tras otro presa de los efectos de sus excesos cuando algo recio y firme apresó a Susana por la cintura deteniéndola de golpe.
Javier se detuvo en seco también. La vista, borrosa por la lluvia, sólo atinaba a distinguir una mancha alta y oscura que sujetaba a Susana con un brazo mientras que con el otro parecía encañonarle con una especie de revolver.
—¿Quién cojones eres, tío? —preguntó Javier entre asustado y confuso. No desechaba la idea de que aquella escena fuera producto de un brote psicótico.
Como respuesta, El Pistolero apretó sin más el gatillo y le descerrajó un tiro en los huevos que le reventó la entrepierna como quien mete un barreno en una bolsa de fruta. Javier cayó al suelo gritando y retorciéndose a la vez que profería unos agudos chillidos propios de un porcino.
La chica, al contemplar la escena, empezó a gritar también presa del pánico.
El Pistolero no tenía tiempo para gilipolleces: le sacudió un golpe con las cachas de su revólver y la dejó inconsciente tendida en el suelo.
Después, se acercó a Javier.
Éste, al verle, se quedó mudo.
Sus ojos reflejaban incredulidad.
—¡Art —empezó a decir.
No terminó su alocución.
El Pistolero rodeó su cuello con una gruesa soga y le arrastró asfixiándole hasta la luz de la Craenaria que acababa de aparecer a sus espaldas.
Sin miramientos, sin remordimientos, sin respuesta emocional, le condujo hasta la boca de la Craenaria y lo tiro dentro.
Javier se retorció enloquecido hasta que dejó de hacerlo y la cuerda dejó de tensarse.
El Pistolero dejó caer la soga y volvió al bosque.
La luz de la Craenaria continuaba brillando tras él con aspecto triunfante.
Pero esa noche, para su desgracia, la presa no saldría por su conducto excretor y arrasaría un planeta rico en nutrientes.
Esa noche, su presa, sería su verdugo y la de todas las Craenarias. Cuando el cuerpo de Javier eclosionara dentro de ella, el portal estaría ya cerrado y un nuevo enjambre enfermo de HEV recorrería su mundo infectándolos a todos.
Sin más, recogió a la muchacha poniéndosela sobre los hombros y caminó hasta la cabaña.

* * *

La armónica sonaba suave, melodiosa.
El Pistolero, sentado en el suelo, la tocaba tranquilo.
El alba no tardaría mucho en despuntar y podría irse por el portar Craenita al viejo granero. De allí, partiría a su viejo hogar: El refugio que antaño orbitaba escondido en un perdido asteroide alrededor de una secreta enana blanca.
Su recuerdo se mezclaba con la visión de la luz de la planta mientras ésta empezaba a apagarse.
Era el momento de partir.
El Pistolero se levantó.
Una grave voz a su espalda le interrumpió inesperadamente:
—¿ADÓNDE crees que vas?
El Pistolero se volvió.
Un enorme perro negro le miraba con las fauces entreabiertas. Sus ojos eran rojos y estaban encendidos con toda la fuerza del infierno.
Tranquilamente, comenzó a rodearle:
—¿Quién eres tú, para cruzarte en mis planes?
El Pistolero desenfundó sus revólveres y lo encañonó.
—Para ti, una estrella. La LUZ que te hará retroceder.
El perro rio con sorna.
—Ohhh, muy valiente.
>>Muuuuy, valiente.
>>Pero..., no servirá de nada tu sacrificio.
>>Como Javier hay muchos; muchos que ME pertenecen. Muchos, que FORMAN parte de mí.
Esta vez el que rio fue El Pistolero.
—Sí, pero también hay ESTRELLAS en el oscuro firmamento. ESTRELLAS capaces de hacer retroceder la negrura.
—¿Y qué? YO soy más poderoso. YO siempre gano.
El Pistolero rio a carcajadas.
—Nadie puede vencer a La Luz. NADIE. Aunque ganes, jamás podrás doblegar el espíritu. No te pertenece y lo sabes. Sólo juegas con la ignorancia de los incautos. Claro, que para eso, ya hay otros capaces de rellenar el cuenco de la ignorancia.
El perro abrió sus fauces y profirió un rugido capaz de rendir legiones enteras.
Como respuesta, El Pistolero hizo su cometido disparando certeros proyectiles sónicos que penetraban el cuerpo de la bestia sin parecer hacerle el más mínimo daño.
El perro se abalanzó sobre El Pistolero y lo devoró con toda la rabia y frustración de lo que conocía cierto.

(c) Rafael Heka
(c) 33 Ediciones

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