Viernes
—¡Déjame, hijo
de puta! —gritaba la muchacha mientras corría por el bosque totalmente
enloquecida en medio de una tormenta espantosa.
No se daba mucha cuenta de lo que
hacía. El ácido tiene esa particularidad.
Javier la perseguía desde hacía
tiempo. Venía detrás resbalando y quejándose bajo las mismas condiciones que
ella. Afortunadamente, él lo soportaba mejor. Con el tiempo había llegado a
poder distinguir la realidad de la ficción concentrándose en ese extraño hueco
que dejan los pliegues del velo lisérgico.
Tan sólo un poco antes, terminada
ya la cena, los dos estaban muy contentos en el dormitorio, entre copas,
divirtiéndose con cerezas y nata. Jugaron, se tocaron, se excitaron, se
pusieron un par de papelinas de Lsi bajo los párpados y empezaron a follar de
una forma a la cual la muchacha no estaba muy acostumbrada.
Cuando Javier se la quiso meter por detrás y
empezó a doler, ella se quejó y él, creyéndola ya una puta en su delirio, le
apretó el cuello contra la almohada y empezó a forzarla.
Ella le dio una patada en los
riñones que lo dobló de golpe y se precipitó escaleras abajo con la poca ropa
que llevaba.
Javier hizo lo mismo. Estaba muy
cabreado y albergaba la intención de violarla de verdad. Pero, con el frío, el
agua y la caminata, el ardor se disipó camino de una psicodelia fosforescente y
deforme.
Desde entonces corrían así uno
tras otro presa de los efectos de sus excesos cuando algo recio y firme apresó
a Susana por la cintura deteniéndola de golpe.
Javier se detuvo en seco también.
La vista, borrosa por la lluvia, sólo atinaba a distinguir una mancha alta y
oscura que sujetaba a Susana con un brazo mientras que con el otro parecía
encañonarle con una especie de revolver.
—¿Quién cojones eres, tío?
—preguntó Javier entre asustado y confuso. No desechaba la idea de que aquella
escena fuera producto de un brote psicótico.
Como respuesta, El Pistolero
apretó sin más el gatillo y le descerrajó un tiro en los huevos que le reventó
la entrepierna como quien mete un barreno en una bolsa de fruta. Javier cayó al
suelo gritando y retorciéndose a la vez que profería unos agudos chillidos
propios de un porcino.
La chica, al contemplar la escena,
empezó a gritar también presa del pánico.
El Pistolero no tenía tiempo para
gilipolleces: le sacudió un golpe con las cachas de su revólver y la dejó
inconsciente tendida en el suelo.
Después, se acercó a Javier.
Éste, al verle, se quedó mudo.
Sus ojos reflejaban incredulidad.
—¡Art —empezó a decir.
No terminó su alocución.
El Pistolero rodeó su cuello con
una gruesa soga y le arrastró asfixiándole hasta la luz de la Craenaria que
acababa de aparecer a sus espaldas.
Sin miramientos, sin
remordimientos, sin respuesta emocional, le condujo hasta la boca de la
Craenaria y lo tiro dentro.
Javier se retorció enloquecido
hasta que dejó de hacerlo y la cuerda dejó de tensarse.
El Pistolero dejó caer la soga y
volvió al bosque.
La luz de la Craenaria continuaba
brillando tras él con aspecto triunfante.
Pero esa noche, para su desgracia,
la presa no saldría por su conducto excretor y arrasaría un planeta rico en
nutrientes.
Esa noche, su presa, sería su
verdugo y la de todas las Craenarias. Cuando el cuerpo de Javier eclosionara
dentro de ella, el portal estaría ya cerrado y un nuevo enjambre enfermo de HEV
recorrería su mundo infectándolos a todos.
Sin más, recogió a la muchacha
poniéndosela sobre los hombros y caminó hasta la cabaña.
* * *
La armónica sonaba suave,
melodiosa.
El Pistolero, sentado en el suelo,
la tocaba tranquilo.
El alba no tardaría mucho en
despuntar y podría irse por el portar Craenita al viejo granero. De allí,
partiría a su viejo hogar: El refugio que antaño orbitaba escondido en un perdido
asteroide alrededor de una secreta enana blanca.
Su recuerdo se mezclaba con la
visión de la luz de la planta mientras ésta empezaba a apagarse.
Era el momento de partir.
El Pistolero se levantó.
Una grave voz a su espalda le
interrumpió inesperadamente:
—¿ADÓNDE crees que vas?
El Pistolero se volvió.
Un enorme perro negro le miraba
con las fauces entreabiertas. Sus ojos eran rojos y estaban encendidos con toda
la fuerza del infierno.
Tranquilamente, comenzó a
rodearle:
—¿Quién eres tú, para cruzarte en
mis planes?
El Pistolero desenfundó sus
revólveres y lo encañonó.
—Para ti, una estrella. La LUZ que
te hará retroceder.
El perro rio con sorna.
—Ohhh, muy valiente.
>>Muuuuy, valiente.
>>Pero..., no servirá de
nada tu sacrificio.
>>Como Javier hay muchos;
muchos que ME pertenecen. Muchos, que FORMAN parte de mí.
Esta vez el que rio fue El
Pistolero.
—Sí, pero también hay ESTRELLAS en
el oscuro firmamento. ESTRELLAS capaces de hacer retroceder la negrura.
—¿Y qué? YO soy más poderoso. YO
siempre gano.
El Pistolero rio a carcajadas.
—Nadie puede vencer a La Luz.
NADIE. Aunque ganes, jamás podrás doblegar el espíritu. No te pertenece y lo
sabes. Sólo juegas con la ignorancia de los incautos. Claro, que para eso, ya
hay otros capaces de rellenar el cuenco de la ignorancia.
El perro abrió sus fauces y
profirió un rugido capaz de rendir legiones enteras.
Como respuesta, El Pistolero hizo
su cometido disparando certeros proyectiles sónicos que penetraban el cuerpo de
la bestia sin parecer hacerle el más mínimo daño.
El perro
se abalanzó sobre El Pistolero y lo devoró con toda la rabia y frustración de
lo que conocía cierto.
(c) Rafael Heka
(c) 33 Ediciones
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