jueves, 31 de agosto de 2017

Crónicas Globulares 49: Golpes al aire



Ahora deambulaba sorteando pedruscos.
Habían pasado ya tres días desde el incidente en el castillo y el paisaje no quería dar tregua alguna a la imaginación: rocas, rocas y más puñeteras por todos los lados. Algún que otro cactus bermellón, sí, bichejos despistados de mil patas, pájaros, pero poco más. Tan sólo el permanente y lejano Muro de la Discordia como un sinuoso compañero de mudos consejos.
Durante el camino Barael no había podido dejar ni un momento de preguntarse qué podía ser lo que había sucedido en el palacio. ¿Por qué aquel deporte surtiría un efecto tan adictivo? ¿Quién pudo haberme hechizado?
¿El propio rey Rojnald?
No creo…
¿Entonces?
Ni puta idea, pero igual
Y en ese punto de la reflexión no le fue difícil deducir lo fácil que una relación de pareja se puede ir al traste cuando una de las partes se encuentra en el estado en el que encontró él al rey Rojnald.
Una verdadera pena.
¿Pero si tiene un culpable…?
Pues es un hijo de mala madre.
Ya, pero mira que si la leche esta del deporte es la discordia de marras…
Humm, podría se
Algo a lo lejos le sacó enseguida de sus cavilaciones.
La noche comenzaba a caer y no se veía un carajo, pero, aquello no eran rocas ni cactus ¡ni el muro!
Parecían estructuras: CASAS.
Observó con atención.
Al cabo de un rato se descubrió danzando como un chamán en pleno éxtasis, celebrando el haber llegado a un poblado repleto, seguro, de zapatos para él.

* * *

Las viviendas, construidas con bloques de piedra roja, parecían abandonadas al paso del tiempo. Parquedad de detalles, techos de paja medio hundidos. Un rústico espectáculo teñido de un rojo sin lustre fruto de las múltiples inclemencias.
Las había muy dispares: Desde la pequeña cabaña unifamiliar a la casa de varios pisos con boardilla, pasando por las achaparradas de una sola e inmensa planta, o por a las torres altas y estiradas, aunque, eso sí, todas igual de abandonadas y tristes, todas sin recuerdos ya de seres a los que arropar.
La falta de cuidados también había afectado al adoquinado de las calles las cuales se veían afectadas de alta maleza y de las deformaciones propias de las raíces de los árboles que pronto reconquistarían el lugar.
Pero eso, y lo que fuera que afectara al suelo desde entonces, a Barael ya le importaría una mierda. Tan pronto como llegó al poblado lo primero que hizo (más allá de encontrar o no todo en ruinas) fue entrar en la primera casa que encontró y no parar hasta hacerse con un par de zapatos de su talla y un par de calzas para sus muslazos.
¡Qué gusto!
Y luego PLIN, a caminar gustoso, disfrutando de todo y camino al interior de aquel pueblo fantasma en el que no parecía haber ni Dios, mientras la noche estampaba todo de sombras. Sombras que le hacían a uno echar demasiado en falta las típicas luces que a esas horas iluminarían cualquier sitio con un mínimo de decencia y que evitarían (de paso) el tener que tomar conciencia de un silencio demasiado ubicuo.
Abrigándose un poco, caminó hasta llegar a una plaza.
Miro a un lado, miró a otro. Todo estaba a oscuras y desierto. Ni el más mínimo signo de vida. Montones de ventanas que permanecían oscuras a la espera de que alguien las vivificara.
Sintió más frío. Y no porque lo hiciera, sino porque aquel lugar parecía infundirlo poco a poco.
Un lejano ruido sonó inesperadamente a su espalda.
Se volvió con rapidez descubriendo huidiza la figura de alguien desapareciendo por un callejón.
—¡Eh, oiga…! —gritó.
La figura ya había desaparecido.
Corrió hacia el callejón.
Allí tampoco halló a nadie.
Caminó hasta el fondo, había una salida a la derecha.
Entró por ella desembocando a una calle más estrecha.
Al final, distinguió el destello de unos ojos que lo espiaban.
Corrió hacia allí.
Los destellos desaparecieron.
Esta vez le tocó girar a la izquierda.
Allí estaban los destellos de nuevo.
—¿Quién eres? —preguntó cansado.
—¿Y quién se supone que eres tú? —le respondió una voz mucho más calmada y pausada.
—¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué le ha pasado a este poblado? —contestó esquivando la pregunta.
—Vete, aléjate de aquí. Huye mientras tengas la oportunidad.
—¿Por qué? —preguntó Barael.
Un viento helado pasó a su lado.
De repente, sintió que algo le atenazaba los brazos.
Intentó zafarse, pero no pudo.
Miró a un lado y a otro. No había nadie sujetándole.
La presión en sus muñecas aumentó y algo invisible le empujó hacia atrás.
Sintió una garra pasar cerca de su rostro.
Un imposible zarpazo le dejó el pecho al descubierto descubriendo su brillante medallón.
Por un momento, las fuerzas invisibles parecieron detenerse. Después, continuaron empujando. Le sacaban de la calle.
Luchaba con todas sus fuerzas para desembarazarse. No podía.
De repente, del fondo del callejón salió un bulto cubierto de lo que parecían harapos.
—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh —gritaba enloquecido.
Las fuerzas invisibles le soltaron.
Barael miró al bulto.
Era un duende. Un duende pequeño.
Parecía enarbolar algún tipo de arma.
El bulto llegó al centro del callejón y empezó a entablar una lucha contra algo que no se podía ver.
Barael miraba atónito la batalla.
El duende cayó al suelo varias veces sin ser abatido.
Al cabo de un ajetreado rato dando golpes al aire, patadas, y demás piruetas propias de una lucha, se volvió proclamando a los cuatro vientos:
—¡Y no volváis por aquí u os destruiré!
Barael le miraba como quien mira a un perturbado.
El duende dejó su discusión con el vacío y se aproximó.
Asustado, Barael retrocedió un par de pasos. Era un duende, sí. Pero no como él: sus deformaciones hacían difícil ubicar algunas de sus facciones y su estatura no superaba la mitad de la del duende blanco, en parte porque era más pequeño, en parte porque su chepa le obligaba a encorvarse. De su robusto pecho le salían dos poderosos brazos, uno más alto que otro, mientras que pelo de la cabeza nacía anárquico por donde le venía en gana y las orejas le caían una más arriba que la otra. Sus ojos, sin embargo, estaban cubiertos con unas gafas de aviador de color rojo y su atuendo podía resumirse en unos humildes harapos cubiertos de un burdo mandil de herrero.
—Vamos —dijo rápidamente—, no tenemos tiempo que perder.
Barael le siguió, caminando veloz por entre calles y callejas.
Finalmente, tras girar en un recodo de casas muy altas, llegaron a una torre.
El jorobado indicó a Barael que se apoyara en la pared.   Después, miró de un lado para otro comprobando que no venía nadie e hizo lo mismo desplazándose hasta la puerta. Allí sacó una enorme llave y la introdujo en la cerradura.
Con un “click”, la puerta se abrió y los dos se precipitaron a una estancia totalmente a oscuras
Otro “click”, dos “clanch” y un “boingggggg” indicaron que estaban a salvo, aunque Barael lo dudara profundamente…

* * *

Aquel era el lugar más alto de la torre.
Barael agradeció ver por fin una habitación como Dindorx manda: repleta de cachivaches, libros y maquetas de modelos incomprensible; limpia; sin suciedad; sin mal olor; sin podredumbre.
El duende hizo ademán de posar algo sobre una mesita mientras Barael acababa de subir los últimos escalones.
Después, se acercó a un candil que colgaba de la pared. Lo encendió tenuemente.
La habitación se iluminó con una suave luz rojiza.
Volvió a Barael y le dijo mientras cerraba la trampilla que ocultaba las escaleras aplicando un candado desproporcionado:
—Te has salvado por los pelos, caminante.
Barael, extrañado, preguntó:
—¿De qué?
—De los espectros, amigo.
—¿Espectros? ¡¿Qué espectros?!
Otro que va ciego de peyote…
El jorobado le miró de arriba abajo sin hacer mucho caso a lo que había dicho:
—¿Pero…, tú de dónde has salido?
Joder, pues estamos para hablar. Aunque verás ahora el descojono.
—Soy un duende blanco, busco la respuesta a un acertijo.
—Ya —le respondió sin mucha importancia—. Al de “por qué el Blanco es el más importante de todos los colores”.
¡Anda, jódete!
—¿Cómo…? —exclamó Barael.
El jorobado señaló su pecho mientras acercaba dos toscos taburetes de madera.
Barael se miró. El desgarro dejaba al descubierto claramente el medallón.
—¿Conoces esto? —preguntó Barael mientras lo cogía y se lo enseñaba.
—Sí —respondió el jorobado—. Forma parte de una leyenda muy antigua. Casi tan antigua como el propio Continente Estrellado. Si tú lo portas contigo es que las fuerzas del bien te acompañan.
Barael le miró ahora con admiración.
Los dos se sentaron. Al principio no se había dado mucha cuenta de la cantidad y cantidad de volúmenes que reposaban en las estanterías de las paredes.
—No sabrás la respuesta, ¿verdad? —le preguntó.
—Me temo que no. Y que yo sepa, sólo Dindorx la sabía hasta que se la rebeló al rey de los duendes blancos para finalizar la Guerra de los Colores.
Barael iba a abrir la boca para explicarle los últimos acontecimientos de Blancualín, cuando el jorobado continuó así:
—Pero claro, teniendo en cuenta que el último rey de los duendes blancos la ha olvidado, temo amigo, que ya nadie la sepa.
Barael se quedó boquiabierto.
—¿Me dejas ver el medallón un momento? —preguntó el cheposo.
Barael se lo tendió.
El jorobado lo miró con detenimiento. De repente, pareció sorprenderse al contemplar uno de los huecos que permanecían sin rellenar. Hurgó con el dedo en esa cavidad y caviló mentalmente. Luego, asintió algo para sí, cayendo, por un pequeño instante, en la más absoluta de las sorpresas. 
Devolvió el colgante a Barael y le miró de nuevo a través de sus gruesas y ajustadas gafas de aviador:
—Te preguntarás por qué sé tantas cosas.
Barael asintió.
—Te diré la respuesta: porque, a diferencia del resto de los duendes de este puñetero país, yo he dedicado mi vida al estudio. Ojalá más gente lo hubiera hecho… —Y se levantó pareciendo perderse en profundas memorias.
Barael se arropó ocultando el medallón entre sus pieles:
—A propósito, ¿Qué ha ocurrido aquí?
—Eso te lo diré mañana, ahora no hay suficiente luz.
—¿Suficiente luz?
—Sí. Para que comprendas todo has de ver algo y ahora no te lo puedo enseñar. Sígueme.
Barael le acompañó hasta un cuarto, al fondo de la habitación. Allí había un espartano catrecillo.
—Lo sé, no parece muy confortable. Lamentablemente no tengo otra cosa que ofrecerte. Recibo pocas visitas —concluyó amargo.
—Gracias… —respondió Barael, esperando conocer su nombre.
El jorobado se despidió con una inclinación dejándolo con las ganas.
Después, corrió la cortinilla que separaba los dos habitáculos y Barael se quedó solo.
Cansinamente, se tiró en el catre.
No era muy cómodo, pero sí mejor que las rocas en las que durmiera las noches pasadas.
Allí tirado, en la cama, se preguntó algo:
—¿Realmente aquel duende era un tipo de fiar, o sólo veía fantasmas por estar trastornado? Lo cierto es que cuando algo lo retuvo en la calle con la intención de llevarle a quién sabe qué lugar, aquel deforme excéntrico de gafas tan raras le salvó, así que…
Acurrucándose en el camastro, dejó finalmente que el sueño le venciese.
Pero… —le asaltó entonces la pregunta—. ¿Por qué lleva puestas esas gafas tan raras? [1]

(c) Rafael Heka ;-)


[1] Para verte mejor, Caperucita, ja, ja, ja.

jueves, 27 de julio de 2017

Crónicas Globulares 48: -¡ROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOC!


Allá va. Aquí arranca la Tercera Entrega ;-)



La reina caminaba con dificultad a causa de ciertos picores y del ceñido vestido que le aprisionaba el pedazo de cuerpo que se estaba perdiendo el gilipollas del rey de los duendes rojos.
En una mano, sostenía nostálgica la antorcha que iluminaba el pasadizo.
Barael la seguía a corta distancia recreándose en el pedazo de cuerpo que se estaba perdiendo el gilipollas del rey de los duendes rojos.
—Por aquí —dijo mientras giraban un recodo.
Sin más vistas para ella que las de aquél lóbrego pasadizo, caminaron apresuradamente en dirección a una lejana luz.
Era la salida.
La salida a una bella playa de arena carmesí.
Anclado a un tocón aguardaba un bote.
La reina le dijo a Barael:
—Bueno, pues ya hemos llegado. Ahí lo tienes. Tómalo, ve bordeando la costa hasta divisar el gran Muro de la Discordia y continúa hasta ver el gran Palacio de Roca. Por allí deberías atracar. Después, tu destino será sólo tuyo. Eso sí, agárrate, porque en Rojo hay mierda para alicatar un astillero[1].
Barael puso cara de indiferencia.
La reina, de resignación.
Qué esperas, es otro duende.
Sí, pero seguro que con una tranca…
¿Pero cómo puedes pensar esas cosas?, QUE ERES UNA REINA, JODER.
Rojina obvió su último su último comentario e hizo una educada reverencia de despedida.
¿Y si me lo calzo aquí, ahora mismo? Mira que no se enteraría ni Dios.
¡QUE NOOOOO!
El duende devolvió el gesto y caminó hacia el bote.
—Barael —llamó la reina.
—¿Sí?
—¿Podrías hacerme un favor?
¡Arráncame la ropa y mátame a pol
—Lo que usted diga.
Se acercó y le susurró al oído:
—¿Podrías decirle a ese desalmado que… lo echo de menos?
Y que venga rápido. Que venga rápido ¡POR DIOS! O no respondo.
Si es que no veo más que pollas por todas partes. Si me suben el desayuno con porras: pollas; si me traen las velas: pollas; a la cocina no puedo bajar: pepinos, zanahorias, rábanos, berenjenas, pollas, pollas, pollas, pollas, pollas, pol 
—¿Al rey Rojnald? —interrumpió sorprendido el duende.
La reina afirmó con la cabeza comprobando que no había nadie por allí que la hubiese podido escuchar.
ollas, pollas, pollas, pollas.
—Sin ningún problema, Majestad —le aseguro Barael guiñándole un ojo con complicidad.
—Gracias. —Y se internó en el túnel, antes de entrar en fase.
Barael posó su zurrón en la barca, la desató, se montó en ella y, cogiendo los remos, puso rumbo a Rojo.
Oh, Dios, remos. Pollas, ollas, ollas… 

* * *

El firmamento, ubicuo, pronto se reflejó en un mar sin línea en el horizonte, convirtiendo al pequeño bote en un trasunto de nave espacial surcando las estrellas. Sólo el titilar del decrépito candil delataba el hecho de que alguien estuviera navegando.
Argonauta estelar, Barael descansaba degustando unas viandas preparadas en las cocinas del Palacio de Rubí.
Las gruesas pieles que lo cubrían impedían que el frío le molestara. Un frío intenso que le devolvió por un instante a su lejano hogar.
Acariciándolas, recordó también a Rjrrr.
Tenía que haberse marchado sin despedirse de ella. Ambos se habían tomado demasiado aprecio. Al menos se hubieran evitado lágrimas y un mal trago que no hizo sino perforarle la mente buscando el mayor a la mierda jamás expresado junto con el inexorable vamos que te voy a dar lo tuyo y lo de tu hermana.
Cuando iba a puntualizar lo de lo tuyo y lo de tu hermana añadiéndole contra la pared, una tremenda explosión de esas que te colocan las vértebras y te recuerdan lo fácil que resulta palmar estúpidamente lo sacó de su ensimismamiento.
Era la luna, un aparente impacto la hizo iluminarse con tanta intensidad que dañaba la vista. Después se apagó y quedó escondida tras el manto nocturno. Eso, o se había quedado ciego, claro.
Las cosas estaban cambiando. Y no como hacía unas jornadas, donde casi todo iba de culo. Aquello era algo peor, algo capaz de infundir un miedo cerval imposible de mitigar por mucho que uno se arropase. Desde luego, la comedia, la ingenuidad, la locura, los años en donde todo valía con tal de sacarle al mundo una sonrisa parecían llegar a su fin. Habría coletazos sí, ramalazos espontáneos como alguna que otra flor entre maleza, pero no mucho más. La belleza -dicen- reside en los ojos del que mira. La subjetiva realidad, también. Los ojos de Barael hacía tiempo que tampoco eran los mismos, y toda su circunstancia igual de lo mismo. ¿Madurez, presciencia? Seguramente ambas.
Se apresuró. Desde allí observaba perfectamente la costa y pronto vería el Muro de la Discordia. Soltando el bocata, cogió los remos y se aplicó con ímpetu.


* * *

Ya en las rocas de la orilla abandonó rápidamente el bote y escaló por ellas; las explosiones habían continuado sucediéndose y no parecía una decisión inteligente retrasarse.
En la cima, afortunadamente, lo recibió enseguida el sobrio Palacio de Roca.
Mirándolo así en escorzo y entre penumbras intermitentes (igualito a como cuando intentas distinguir si lo que te han presentado en el bareto de turno un sábado por la noche es un orco o algo arrimable), no parecía tan horrendo.
De hecho, a pesar de ser tan vasto, desaliñado, tosco, rudo y masculino (peyorativamente hablando, por supuesto) poseía algo; una especie de atracción (seguramente propia del género, como los coches, las herramientas, los pechos femeninos, las nalgas caprinas) que a Barael lo atrapó del todo. Si ya hubiese tenido testículos, alerones o remaches galvanizados -hablamos del castillo, a Barael se le presuponen, los tres- se hubiese enamorado y esta historia tendríamos que haberla dado ya por perdida.
O al menos así pensaba hasta que comenzó a acercarse, pues el camino de acceso (como no podía ser de otra manera para nuestro héroe[2]) a la par que tortuoso resultaba incómodo por pedregoso y digno de alguien con la empatía de un conductor de autobuses de línea urbana en hora punta.
Porque resulta, para los que ya no lo recuerden, que Barael iba DESCALZO.
Sí, ya lo sé, hay gente inteligente, votantes de GHVIP333[3] y este lechón.
Pero claro, aquella calzada no iba a ser nada como la que le daría él en el fistro al responsable de pasarse por el jander lo que debería ser más chiquito, ¡aquellas puñeteras piedras[4]!
Así que mientras ascendía en un fatuo intento de no desollarse los pies bailando el chiquitistaní[5], un nuevo gran estruendo le cortó el aliento.
Forzó la vista: Parecía venir de algún sitio cercano al palacio.
Con el indiferente hastío que mostraría un náufrago ante el hambriento tiburón o la falta de agua, continuó su camino centrado en no perder el poco carrete que le iba quedando y en respirar en ocho tiempos con el vientre.
El cielo tampoco le tranquilizaba, las nubes blandían un extraño color entre gris y rojo más parecido a un tumor que a cúmulos gaseosos.
Pero la cosa aún podía mejorar. Ya más cerca del palacio, heraldo prematuro del regüeldo máximo, un ácido olor entre sudor, comida podrida y calcetines malolientes le bajó dos tonos el rosa de su nuevo tinte de pelo y le despertó los lagrimales tras matar definitivamente su pituitaria.
Asqueroso no podría contener jamás las praderas de aquel país desconocido que ahora se desplegaba magnificente ante sus empañados ojos: vegetación seca, ausencia de animales de Dios, indescriptibles cosas no-muertas fruto de la compostación de materias orgánicas vagando curiosas y atemorizadas, desperdicios de comida, ropas viejas, vómitos (de Barael y tal que en ese instante). Vamos, que le salen un par de cerdos dando las buenas noches, y ni se extraña.
Sorteando finalmente aquellas inmundicias, llegó de una vez al palacio.
De cerca no parecía tan enigmático, más bien un enorme montón de mierda seca tendida al sol o un jamón serrano puesto de pie con toda su roña, grasa y pezuña. Por cierto, que a saber qué leñe es aquella punta negra del 
Un nuevo clamor resonó a lo lejos:
—¡Roooooooooooooooooooooooooooc!
Barael buscó con la mirada la procedencia de aquellos enajenados gritos, descubriendo que provenían de un enorme estadio situado en el fondo del valle que había más allá del castillo. Una especie de atolón pétreo repleto de gente hasta los topes.
Por su campo de empedrada superficie rojo oscura corrían un puñado de duendínidos[6] jaleados desde el circular graderío por otra multitud de vociferantes cromañánidos[7] poseídos al parecer de una extraña inquietud.
Uno de los duendes que corría por la superficie empedrada colocó algo en un extremo: el estadio pareció explotar poseído por el júbilo:
—¡Rooooooooooooooooooooooooc! ¡Roc! ¡Roc! ¡Roc!
Los especímenes entonces saltaron, gritaron, aplaudieron, hicieron la hola quemando solitarias neuronas en gigantescos planetas metales. En fin, un espectáculo sorprendente para un duende como Barael. Tan sorprendente tan sorprendente, que a los dos minutos de observación su inteligencia amenazó con adoptar jornada de servicios mínimos (es decir destreza 2/d20[8] en comer y limpiarse el culo).
Como comer le encantaba y no estaba dispuesto perder su técnica ancestral y secreta[9]capaz de hacerle brillar aquello como la cabeza de un abrebotellas, volvió camino del palacio.
Pero su inteligencia se equivocaba, o al menos, igual no todo dependía sólo de ella o de su ausencia; tal como fuere, lo cierto es que al duende le embargó una sensación extraña[10]: deseaba volver a ver la superficie empedrada y a los duendes corriendo de un lado para otro.
Vacilo, titubeó, pero, al final, la sensación desapareció.
Sorprendido, se acercó a la enorme masa gris con forma de zurullo.
No fue lo único en sorprenderle, también le desconcertaba la ausencia de olor y de guardias celadores. (Nada del otro mundo, su inteligencia estaba buscando explicaciones y por eso tardó un rato en recordarle que el olfato se atrofia tras una prolongada exposición a fuertes pestilencias, al igual que no hay trabajador que sea capaz de obrar en semejante porqueriza).
Bordeando tranquilamente el palacio dio finalmente con el portón de entrada resultando tal cual a como cabría esperarse: alto, de dos hojas, comido por la carcoma, medio roto y repleto de mugre.
Barael lo atravesó accediendo a una estancia silenciosa y mal iluminada. La causa no era otra que la opacidad pútrida de unas lujosas vidrieras, antaño seguramente anfitrionas generosas del invitado, pero hoy invisibles para el transeúnte ocasional y poco avezado.
Sin perder ni un ápice del encanto típico del resort, el suelo recibía pegajoso y astutamente indescriptible mientras el polvo y las telarañas se afanaban en dar ese último toque de glamour y distinción a los finísimos muebles y demás superficies dignas de mención (lámparas de piedra, espejos, candelabros, percheros).
—¿Hay alguien? —preguntó rápidamente Barael.
El polvo cobró vida levantando una tremenda nube. El eco contestó bronco:
—Alguien, alguien…, alguien.
Barael lo intentó de nuevo entre tos y tos:
—¿No hay nadie en palacio?
El eco de nuevo repitió, perdiéndose entre un lejano bosque de bamboleantes telarañas:
—…acio?, acio?, acio?
De repente, y de alguna parte situada en los pisos superiores, sonó un inesperado:
—¡Roooooooooooooooooooooooooc!
Barael dio un bote. Era consciente de que aquello era un palacio, que se debía a un protocolo, pero lo cierto es que ya se le estaban empezando a hinchar las narices, así que gritó:
—¡Rey Rojnald! ¡¿Está usted aquí?!
Nadie respondió. Esta vez ni el eco.
Ya con la vista acostumbrada a la penumbra y la experiencia suficiente como para no ingerir cuarto kilo de suciedad flotante a cada paso que daba, espió un poco por allí.
La fortaleza mostraba una dejadez absoluta. Mierda y mierda y más mierda habían conquistado cada milímetro del palacio en un ejercicio dictatorial sin parangón cuya única salida quedaba ya en manos de la bola de demolición o un potente lanzallamas.
Deambuló un poco más hasta que unos ruidos sospechosos le hicieron poner su atención en los pisos superiores.
Como aquello de allí abajo había dejado ya de interesarle (casi desde que entró), subió a regañadientes por unas enormes escaleras de piedra al fondo del hall que lo cubrieron de telarañas hasta por debajo de las orejas.
En el piso superior, más de lo mismo, todo mostraba igual aspecto desaseado; sólo había una salvedad: el olor era "más" penetrante y amenazaba con derretirle las córneas.
Aquella planta también adolecía de ventanas opacas.
Se acercó e intentó limpiar una, consiguiendo únicamente deshilar la manga de su camisola.
Lo intentó con más ventanas, pero nada. Lo dicho, demolición o fuego, no había otro remedio.
Paseó un rato por allí y tampoco encontró a nadie.
Después de aventurarse por una, dos, quince habitaciones, encontró otra escalerita llena de mierda.
Esta vez se pertrechó de un atizador y subió por ella limpiando y despachurrando arañas como centollos.
Esta era muy, pero que muy, larga.
Y claro, peor iluminada ya que el sobaco de un grillo.
Cansado, fatigado, asqueado, hasta los mismísimos huevos y más cabreado que una mona, brotó por fin a una iluminada y pequeña habitación. Al fondo se apreciaba un trono de roca roja orientado a la única fuente de luz de la estancia: su amplio balcón.
Se acercó cautelosamente, esquivando la basura.
Sentado al trono parecía haber alguien.
Debía de ser el rey Rojnald.
—¿Rey Rojnald? —preguntó vacilante.
El trono se agitó.
De él salió emergió voz:
—Adelante, adelante, lanza, lanzaaaaaa, ¡lannnnnzaaaaa!, ¡Zafio!
La voz sonaba quebrada, cascada, destrozada, vamos, hecha un higo.
Era de esas voces que, cuando uno las oye, dice: <<pobre, debería dejar la cazalla, los porros, el anís de guindilla. Al menos, para desayunar>>.
Se acercó más.
—¡Idiota, muñón, taraaaaaaaaaaaaaaaao! —continuaba gritando.
Barael se asomó y le miró.
Indudablemente era el rey Rojnald. Aquella pesada corona de piedra roja lo confirmaba, pero… ¡madre mía!, ¡cómo se pueden estropear los cuerpos!
Aquel duende, que parecía tener una edad indefinida (entre mucha y la de Dios), no podía estar más deteriorado y sucio.
Su lacio y desaliñado pelaje color rojo cubría, junto con unas espesísimas barbas, un escuálido cuerpo vestido con harapos rojos que en su día, de la que Dindorx se empezó a dejar el bigote y depilar las piernas (para hacer ciclismo, eso dice él…), habían debido ser ropajes exquisitos.
El anciano se revolvía en su trono agitándose espasmódicamente, mirando histérico al horizonte.
Barael le dijo, postrando su rodilla en el suelo:
—Rey Rojnald, le presento mis saludos.
—Estúpido idiota… —exclamó el anciano.
Barael levantó la vista ofendido.
El rey ni siquiera le miraba.
—¿Cómo dice? —preguntó Barael.
—¡Tíralo, tíralo, SUBNORMAL! —bramó de nuevo.
Barael lo miró y comprendió que no le había escuchado, que ya no escuchaba a nadie. Inquieto, se irguió. 
No estando muy seguro de si debía hacer lo que iba hacer, zarandeó al rey Rojnald.
Este se zafó enseguida con tal fuerza y habilidad que Barael se sintió incrédulamente abofeteado por una perplejidad totalmente insospechada y astuta.
Pensó en zarandear al anciano otra vez, pero le vio tan perdido, tan ensimismado, tan alterado, que posiblemente a lo único que conduciría aquella actitud sería a la de una impredecible reacción violenta.
Sin previo aviso y confirmando sus temores, el rey saltó del trono dándole un buen empujón a la vez que señalaba a lo lejos:
—Pero míralo, será zoquete. No puede ser, ¡Vendidooooo!
Barael miró estúpido, el dedo del indignado rey Rojnald señalaba algo que por lo visto era de tremenda importancia allá en el centro del estadio.
Por su madre que intentó distinguirlo, pero todo se veía tan pequeño que envidió de veras la vista del jodío anciano.
El rey Rojnald se sentó entonces en su trono murmurando incoherencias mientras se mordía las uñas como un colegial al que le van a entregar las notas de fin de curso.
Barael intentó hablarle de nuevo, pero ya no pudo.
De repente, aquel estadio que un primer momento pareciera pequeño y distante comenzó a crecer ante sus atónitos ojos.
La imagen aumentó y aumentó hasta llenar toda la estancia. Parecía como si la magia obrase o el peyote[11] actuara de oficio tratando de decirle algo que se le había pasado por alto.
Barael se tambaleó, parpadeó y, tal como lo hizo por segunda vez, se vio suspendido instantáneamente sobre el estadio cual araña o divinidad.
Mira que si se había convertido en un dios.
A Dindorx le dio un acceso de sorna que casi se desorina.
(Inciso)
Yo: Bueno, hombre, tampoco creo que…
Dindorx: Anda tira, si éste se acerca por asomo a lo que podría ser SEMI, fíjate que digo SEMI DIOS, me hago cartujo y me pinto los pies de verde.
Yo: Bueno, bueno, sigo. Pero recuerda que en la esfera de lo divino siempre hay más cosas de las que abarca tu filosofía.
Dindorx: ¿Y esa gilipollez?
Yo: Nada, de un amigo[12], déjalo.
(Fin del inciso)
Regresamos: Barael, flipada, estadio que crece, duende colgado como Cruise en Misión Imposible, ensordecimiento general y…
¡Ahora lo podía ver todo con meridiana claridad!:
A los lados, las gradas estaban divididas en dos facciones: La de los duendes vestidos con bufandas de color rojo, y la de los duendes vestidos con gorros de color muy rojo.
Ambas chillaban y vitoreaban a los jugadores.
Éstos, a su vez, vestidos con camiseta de tirantes y pantalones cortos, también se dividían en dos equipos. Los de color rojo y los de color rojísimo.
El campo resultó una superficie rectangular empedrada, dividida en su larguero en dos partes iguales mediante una raya de color rojo muy claro en cuyos fondos se emplazaban sendos pozos de piedras rojas, uno de color rojo y otro de color rojísimo.
Un jugador vestido con traje de juego color muy, muy oscuro, ubicado en la intersección de la raya central con un larguero, lanzó una roca informe al interior del campo.
Los jugadores de cada parte corrieron a recoger la piedra.
El primero en cogerla fue un robusto barbilampiño vestido de colores rojísimos.
Su sección de la grada se levantó en vítores mientras la sección contraria chillaba improperios lanzando papeles al campo.
El duende que cogió la piedra corrió con ella hacia el pozo del equipo contrario. Allí, tres duendes rojos le aplacaron tirándole al suelo. Uno de ellos, rapado al cero, le arrebató de un puñetazo la piedra y salió corriendo con ella.
Los jugadores rojísimos corrieron en su busca.
Un compañero  de equipo corrió por una banda apartando los duendes.
El portador del pedrusco, que lo vio, se lo lanzó con todas las fuerzas mientras un duende rojísimo saltaba para cogerlo. El pedrusco le golpeó la cabeza lanzándolo para atrás, continuando su camino.
La grada de los rojísimos se levantó entonces encolerizada regalando a propios y extraños una enciclopedia de insultos y ordinarieces más propias de un hemiciclo que de un lugar de juego como aquél.
Barael pareció sentir un grito a su espalda, pero no le hizo el más mínimo caso. Aquel juego le había picado la curiosidad. Le incitaba a seguir mirando.
La piedra cayó en las manos del duende rojo que corría por la banda este. Agarrándola fuertemente, corrió hacia el pozo rojísimo, al norte.
Los defensas saltaron hacia los pies del portador deseosos de pulverizar tobillos, mordisquear tibias y arranar cuanto pudieran.
Éste, no quedándole otro remedio, lanzó la piedra en dirección al pozo.
El movimiento de todo el estadio se ralentizó mientras los desorbitados ojos de todos los espectadores siguieron ensangrentados y enloquecidos la trayectoria del proyectil.
La piedra, describiendo una parábola perfecta, entró por el agujero levantando una tremenda lengua de agua rojísima mientras emitía un estruendoso y aún ralentizado: “CHOOOFFFF”.
La realidad volvió a su velocidad habitual y la sección de seguidores de los rojos se puso en pie gritando:
—¡Roooooooooooooooooooooooooooooooooooooc!
La otra sección también se levantó, pero para chillar, desgañitadamente, cagarse en la madre de toda la alineación del equipo contrario y de cada uno de sus seguidores.
Un espontáneo tsunami de furor y odio capaz de reventar cráneos o achuchar bebés con patucos de La Roja[13] que se disipó de igual manera como la cordialidad tras 25 años de matrimonio.
Los jugadores, seguidamente y tal que autómatas, regresaron cada uno a su medio campo sin mostrar la más mínima emoción, volviendo todo a comenzar.
Así se sentenciaron diez, once, doce, quince puntos.
Cada vez que uno de los duendes colaba un pedrusco en el pozo del equipo contrario, el duende de oscuro lanzaba otra piedra al centro.
Y aunque después de mucho mirar aquel juego un duende normal hubiera dejado de contemplarlo aburrido por la monotonía y la falta de interés, lo cierto era que Barael no podía.
Algo le impulsaba, cada vez con más avidez, a disfrutar del espectáculo.
Tanto llegó a esclavizarlo aquel irracional deseo, que se olvidó de cuanto le rodeaba. Su mente se abrió, se expandió expulsando a empujones cualquier pensamiento ajeno al juego, y su noción de la realidad se divorció de él.
Pero el juego continuó:
Un duende de grandes melenas corría por la banda izquierda, dirección norte, esquivando los robustos cuerpos de sus contrincantes del equipo rojísimo.
Barael sintió un calor en el pecho: no le hizo caso.
El duende recogió el pedrusco que un jugador rojísimo había perdido en un encontronazo.
El calor del pecho aumentó.
El jugador corrió hacia el centro del campo.
El calor se tornó quemazón.
Un duende de larga barba le agarró por los pelos y le tiró al suelo.
El pedrusco salió volando.
La quemazón se tornó dolor.
Un duende de rojísimo saltó por entre los duendes y, como una pantera, recogió con los brazos el pedrusco corriendo hacia su destino.
El dolor se hizo insoportable.
La imagen se retorció.
Olía a quemado.
El estadio comenzó a empequeñecer.
Una blanca voz resonó en su cabeza.
—Sal de ahí, Barael.
El duende blanco estaba disgustado por tener que dejar de ver el partido.
El dolor le quemaba las entrañas. La voz repitió:
—¡Que salgas de ahí, joder!
En ese momento, la imagen del estadio desapareció.
Barael, de súbito, se encontró totalmente turbado en la habitación cochambrosa.
Entonces sintió el dolor:
—¡AAAAAAGGGGGGG! —gritó llevándose las manos al pecho.
El medallón estaba al rojo vivo.
Desgarrando las pieles que le cubrían, se lo arrancó.
La arena que le diera Amaronte brillaba intensamente.
En su cabeza sonó de nuevo la voz:
—Sal de ahí ahora mismo. Sal y no preguntes. Puedes volver a ponerte el medallón, ya no quema. Sólo fue una artimaña para sacarte del trance. Estabas bajo el embrujo de un hechizo de ira muy poderoso.
—¡¿Amaronte?! —preguntó Barael en Amarillo.
La voz no contestó.
La arena dejó de brillar y el medallón se enfrió.
Barael se lo colgó y salió zumbando de allí dejando a su suerte al poseído y desdichado rey Rojnald.



[1] Lugar donde se construyen barcos. En este caso no confundir con el sitio donde se astilla. Es que la reina anda un poco mal y a veces las acepciones se le cruzan.
[2] ¿Héroe?
[3] Nada, una versión sobrealimentada de Gran Hermano en donde dijeron que habría personalidades relevantes y se podía expulsar a quien quisieran, pero resultó todo una broma. Si sería gracioso que la productora no tuvo que abastecerse de papel higiénico en años. Creo que aún les quedan papeletas…   
[4] Jander, fistro, chiquito, calzada. Jarlllll. ¡Ole por usted, maestro!
[5] No puedo, no puedo…
[6] Dícese de todo aquel espécimen antropomorfo que camina con sus extremidades inferiores mientras que con las superiores es capaz realiza trabajos complejos. Quien dice complejos, dice, desde segar y labrar, hasta zurrir mierdas con un látigo, ya me entendéis.  
[7] Como los anteriores, pero los trabajos complejos de estos se reducen a espachurrar cráneos de animales salvajes para la cena, tocarse los huevos con ardor y masturbarse cual primates tiñosos.
[8] Índice de habilidad utilizado en los juegos de rol para las capacidades del personaje. En este caso y juego utilizando un d20 -un dado de 20 caras, los dioses preferimos revólveres o taladros percutores y mucho alcohol- obtendría una capacidad de 2 sobre 20 en las habilidades indicadas. Vamos, que hasta los Enanos Gullys sacan mejor multiplicador. Y a éstos ya los buscáis por vuestra cuenta todos aquellos que no hayáis leído la Dragonlance y que automáticamente tenéis un 1/d20 en Sabiduría. (Por cierto, a esa puntuación se le llama crítico y os equipara en conocimientos a la ladilla parda de Chochius 6. Un imbécil y anodino ser que tan sólo sabe que cambia de sexo en cada coito). No, no es un emperador japonés. ¿Veis?
[9] ¿Pero no os he dicho que es secreta? Si os coge Raistlin os deja el melón sin orejas. ¿Que tampoco es para tanto? Pues a mí me jodería, me encanta ponerme gafas de sol y escuchar música con los cascos, así que…
[10] Intuición 2/d10, Presciencia 5/d20. ¡Nada, os quedáis con las ganas!
[11] Droga enteogénica utilizada por los chamanes de algunas tribus para el autoconocimiento del iniciado. 
[12] Shakespeare. Pero, vamos, como si le hablo de mi prima Piluca. En fin…
[13] Quería decir rojos. ¡Que no! OEeeé OÉ OÉ OÉ. Oeeeé Oeeeé.