sábado, 3 de junio de 2017

Crónicas Globulares 47: El regreso de la princesa


Los tremendos temblores hicieron que las guardias se personaran de inmediato presas del patriotismo exacerbado que corría por cada una de sus venas.
No era para menos: los Jardines Fresados del Palacio de Rubí eran admirados en todo el país de Roja. Desde la pomposa ciudad de Barras de Labios, hasta la rural urbe de Los Tomates, no había vergel más bello y apetitoso. De hecho, hubo duendes (cuando los machos pastaban libres por aquellos predios) a los que se les hacía un nudo de desconcierto en plena nuez al entrar su estómago en conflicto con los ojos. Se les inflamaba y todo. Los tenían que internar, figuraos[1]. Una verdadera locura…
Claro, ante esto, tamaña maravilla (capaz además de agilipollar al enemigo) había de ser objeto indiscutible de un neurasténico control[2] y de un agresivo protocolo de actuación que ya empezaba a manifestarse en forma de un montón de duendas acordonando milimétricamente la zona mientras un par de enormes gatos persas husmeaban sádicamente complacidos.
Las palpitaciones (en general) aumentaron.
En respuesta, una de las guardias cogió un cuerno que llevaba colgado a la espalda y sopló por él.
La señal de peligro barrió el recinto y al momento apareció otro destacamento de guardias con más cara de bestias, armas más gordas y unas monturas-gato llenas de terroríficas cicatrices de combate. Lo que fuera que estaba provocando aquel destrozo lo iba a llevar claro. Eso seguro.
De repente, para sorpresa de todos, la tierra pareció elevarse.
En acto reflejo, los felinos despejaron la zona con rápidos saltos adoptando una actitud de combate. El terreno continuó elevándose, reventando finalmente víctima de la eclosión de un extraño objeto metálico con forma de cono.
Las duendas se miraron unas a otras y los felinos movieron sus colas preparándose para atacar.
El terremoto, entonces, cesó.
Con ello también parte de la incertidumbre. No se puede escamochar aquello que no se ve… 
Las guardias descabalgaron y se aproximaron blandiendo sus gruesas cimitarras. Enseguida echaron un pie atrás. Del montículo se estaba abriendo una especie de escotilla con el característico sonido de la despresurización, totalmente desconocido para ellas.
Aterrorizadas, empuñaron sus picas. No podían imaginar qué monstruosidad era aquella capaz de causar tamaño estropicio, ni si sus intenciones eran las de terminar con su existencia de forma cruel o estúpidamente extraña. Ver a Rjrrr salir vomitada por la escotilla simplemente provocó un nudo general en el cerebro de todas. De hecho, si se hubiera podido medir la expresión de imbecilidad que se les quedó seguramente estaría muy por debajo de la de algunos ciudadanos de algunos países (de algunos planetas) en su incrédulo descubrimiento de adónde va a parar el dinero de sus impuestos[3].
Las guardias bajaron las picas (más bien se les cayeron) y se acercaron.
Rjrrr ayudó a salir a Barael y a Néjrix.
Las guardias, que no sólo no estaban acostumbradas a ver duendes en Roja, sino que nunca habían visto un duende de piel negra, volvieron a empuñar las picas. El nudo, la incredulidad y la cara de imbécil regresaron[4], junto a un nuevo destacamento de guardias montadas.
Rjrrr, que sabía lo que se les avecinaba, se encaró con las que portaban las picas diciendo:
—¡No tocar! ¡Ser amigos! ¡Sólo querer ver reina!
Barael y Néjrix miraban a las guardias asustados:
—¿Dónde estamos? —preguntó Néjrix en un susurro.
—Creo que en el Palacio de Rubí —respondió Barael.
—O sea, que para esto era —contestó el duende negro levantando la voz.
—Sí. Si tu máquina podía detectar cualquier mineral, estaba claro que podría detectar el rubí más grande de todo el país. Puesto que debía presentarme aquí sin demora alguna, me pareció una buena idea.
—Pues a éstas no sé yo si les ocurre lo mismo. —Y las señaló haciendo hincapié en su inquietante expresión de desconfianza. Esa que acaba siempre con una irracional manta de palos previa, por si acaso
Las guardias, como entendiendo, se acercaron más. Querían cerciorarse de algo.
Rjrrr se mostraba inquieta y a Barael le pareció que les miraban demasiado.
Estaba claro que resultaban más raros que un político o un abogado a las puertas de San Pedro pero…
Lo que vino después no se lo hubiera esperado ni un guionista de Gran Hermano[5]: De repente, las guardias que portaban las picas las dejaron caer en el suelo, arrodillándose ante Rjrrr.
Sí, sí, pero es que después todo el destacamento gatuno desmontó de sus felinos e, hincando una rodilla en el suelo, obligaron a sus monturas a imitar el gesto.
Rjrrr no comprendía. Barael y Néjrix, menos todavía[6].
—¿Qué pasar? —preguntó a sus compañeros.
Estos no sabían qué responder.
Del destacamento arrodillado se acercó una duende vestida con un uniforme de pieles muy rojas. Diríase que era el uniforme más rojo de todos.
Cuando llegó a la altura de Rjrrr, hincó su rodilla en el suelo y, humildemente, le dijo extendiendo su mano:
—Majestad, acompáñenos, su madre la está esperando[7].

* * *

Los dos duendes esperaban.
Se encontraban en una sala muy grande llena de cuadros retratando la imagen de la reina Rojina en distintas épocas de su vida. Destacaban los modelitos.
—¿Qué crees que nos harán? —preguntó Néjrix nervioso sin dejar de ir y venir.
—Nada. Ya lo verás —le consoló convencido Barael. Si Rjrrr era quien parecía ser, todo estaba bajo control.
En ese momento entró por una de las puertas de la sala una empleada del servicio:
—Caballeros, pueden ustedes pasar.
Los duendes entraron por donde se les indicaba accediendo al salón del trono.
El susodicho resultó ser una sala grande, tallada (al igual que el resto del palacio) en el interior del rubí más grande de Roja, y en cuyas paredes, las pieles, de infinitos tonos carmesí, hacían (como no) las veces de prenda intercambiable en una proyección formal del sentir filosófico de las duendas, con complementos florales y minerales.
Del techo, a modo de tiara, colgaba una suntuosa araña repleta de rosas rojas. 
Un espectáculo para los sentidos, fruto de un decorador/tallador/modisto venido arriba.
Pero su funcionalidad no terminaba ahí: en el fondo, aguardaban dos tronos y un par de bellezas.
En el más grande, de rubí, ágata y mármol rojo, permanecía sentada la reina Rojina con su traje de ceremonia y una agresiva mirada fruto de un maquillaje adecuado.
A su diestra, en otro algo más pequeño pero semejante, una espléndida Rjrrr vestida con las ropas propias de una princesa les miraba entre cómplice y sorprendida bajo una inesperada corona de mármol rosa.
Los duendes se acercaron humildemente y se arrodillaron ante ellas.
La reina habló, pronunciando una simple palabra:
—Gracias.
Los duendes alzaron las miradas.
—¿Gracias? —dijeron sorprendidos, mirándose el uno al otro.
—Sí. Gracias. Gracias por devolverme a mi hija sana y salva.
Barael, sabiendo que era una incorrección, preguntó:
—Majestad. ¿Podría explicarse? Ni mi compañero ni yo sabemos a qué viene todo esto; no entendemos…
—Mi querido Brel.
—Barael, Majestad —corrigió.
A Rjrrr se le escapó una estúpida sonrisa de culpabilidad. El atuendo y el cargo parecían haberla enviado un par de peldaños más abajo en la escalera del raciocinio de un rápido puntapié en las posaderas.
—Mi querido Barael —comenzó de nuevo la reina esperando no volver a ser interrumpida pues pretendía extenderse—. Hace ya muchos años el rey Rojnald y yo engendramos a la aquí presente Rejinalda.
Barael ahogó como pudo la carcajada ayudándose de un solapado pellizco en los testículos.
—Después —siguió la monarca tragándose el orgullo de madre—, los dos, por motivos que ahora no vienen al caso[8], nos separamos. A pesar de ello prometimos cuidar de Rejinalda[9] a periodos iguales para que ella no sintiera la falta de ninguno de ambos. Lamentablemente, un fatídico día en el que, siendo ella muy pequeña, era transportada a Rojo, una bandada de carroñeros atacó el destacamento y la pequeña Rejinalda[10] desapareció.
>>Desde entonces, y manteniendo férreamente la esperanza a lo largo de los años, su padre y yo la estuvimos buscamos. Hace mucho tiempo que agotamos todos los recursos perdiendo la esperanza de encontrarla con vida… —Y mirándola con cariño, concluyó emocionada—. No sé cómo habéis podido dar con ella, ni cómo ella logró sobrevivir a aquellos pájaros asesinos, pero gracias. Gracias a los dos. Por muchos años que pasen nunca os podré estar del todo agradecida. Pedidme lo que queráis. Vuestros deseos serán órdenes para mí.
Barael se sacó las manos del pantalón y comenzó:
—Verá Majestad, yo realmente venía a verla pues he de pedirle un pequeño favor.
—Pídeme lo que quieras.
—…, necesitaba saber si usted podría decirme por qué el Blanco es el más importante de los colores.
La reina se quedó paralizada. Rjrrr —y creo sinceramente que en beneficio de vuestras gónadas deberíamos seguir llamándola así— la miró no entendiendo la pregunta.
Después, Rojina suspiró, respondiendo decepcionada:
—No lo sé, hijo. Lo siento.
Barael, que ya esperaba empezar a llegar a alguna parte con aquello, bajó la vista y permaneció en silencio.
La reina Rojina lo examinó entonces con detalle. Reconociéndolo, exclamó:
—Después de formulada tu pregunta, y ahora que te observo bien, veo que eres el duende blanco del que tanto me han hablado.
Barael se quedó estupefacto.
La reina continuó:
—Sí, se dice que serás el que traiga la paz a todo el Continente Estrellado. De hecho, me han llegado rumores de tus hazañas en otros países.
Ahora fue Néjrix quien miró a Barael asombrado.
Barael le quitó hierro al asunto:
—Sólo he hecho lo que me ha parecido justo en todo momento.
La reina asintió admirando su humildad.
—Majestad, ¿puedo pedirle otro favor? —aprovechó entonces el duende blanco.
—Sin ningún reparo. Ya que no he podido complacerte el primero…
—Me gustaría que escoltaran a mi compañero a su país de origen. Él más que nadie ha hecho posible que su hija esté aquí ahora mismo.
Néjrix le miró de reojo agradecido.
La reina respondió:
—Por supuesto. Pero antes tendrá que explicarme cómo funciona ese artilugio suyo. —Y le miró enigmática.
A Néjrix se le escapó una contagiosa carcajada. La risa, brotó tontamente entre los presentes.
Ranura, que no se había perdido ni una coma desde el principio, desapareció canturreando para sí:
Tú lo que quieres es que te coma el tigre, que te coma el tigre, TUS CARNES MORENAS… JA, JA, JA.



[1] Tras arduas investigaciones se llegó a la conclusión de que era una cuestión inherente a la propia morfología duendil: Todo el mundo sabe que los especímenes masculinos carecen de la capacidad necesaria para realizar dos cosas a la vez.   
[2] Como sólo un espécimen femenino puede desarrollar.   
[3] Se hablaba de uno, un tal Mugñol, que supuestamente había estado trescientos años robando de la caja mundial de un planeta llamado Kat-al-Huña de forma flagrante, organizada e insultante. Pero bueno, ESTO es ciencia ficción, ¿no?   
[4] ¡Anda!, como a los Kat-al-Hanes al descubrir el aforamiento de todos estos chorizos. Aforar: Capacidad de determinados hijos de la gran puta para no poder ser juzgados por determinados delitos (que comenzarán a perpetrar una vez ostenten dicho aforamiento), aplicada en virtud de una ley previa y modificada por ellos mismos (o sus compinches -que ya se lo cobrarán-) al amparo vil de cuanta premeditación haga falta. Lástima no poder aforarles como en las construcciones de Velmis-V; allí lo hacen por detrás y con un taladro de 30.000 dientes…     
[5] Efectivamente: he dicho guionista, ja, ja, ja. Quiero contaros un secreto: Gran Hermano no lo inventasteis vosotros; En un principio era un método de tortura. Algo así como el Sálvame o ciertos programas de Emma García. Reprogramación subjetiva de masas con fines de colonización encubierta. Lo típico. Una historia muy vieja que en vuestro planeta alguien muy listo supo rentabilizar. Vamos, lo ven hasta en Wonder. ¡Eh!, que eso es un triunfo, allí son todos ciegos.  
[6] Como cuando en la primera gala se expulsa al mejor concursante de la edición: el más educado, el más correcto. ¡GUIÓN! TODO GUIÓN. Hay que dejar a los cabrones, a los que nos hacen pegarnos a la pantalla para ver si se hostian o se destripan con saña. ¿Os acordáis de la masacre de la 57 edición en Omicrón-12? Qué desproporción…    
[7] ¡Conectamos con la casa!, ja, ja, ja. Veréis lo que tarda ésta en aforarse. Si es que…     
[8] (Pero que pueden resumirse sucintamente en una falta de frungimiento y una incompatibilidad declarada de géneros).     
[9] Nuevo pellizco.     
[10] Cambio de banda.


(c) Rafael Heka ;-)


domingo, 28 de mayo de 2017

Crónicas Globulares 46: En las entrañas del monstruo


  
Rjrrr zarandeó fuertemente a Barael. No podía creer lo que estaba viendo.
El duende blanco tampoco podía (llevaba inconsciente al menos media jornada) así que, “cariñosamente”, un nuevo zarandeo de su compañera le puso sobre el reino de los vivos con el típico sobresalto estúpido.
En cuanto echó una ojeada a su alrededor, el duende blanco descubrió que la inquietud de su compañera —por una vez— estaba justificada: parecían encerrados en una inquietante habitación de metal repleta de hipnóticas lucecillas de colores. Lucecitas que se encendían y que se apagaban, que se encendían y que se apagaban, que se encendían y que se apagaban.
Rjrrr exclamó:
—Brel. Sitio raro. ¡Sitio malo! Tripas de monstruo extrañas.
Barael, que realmente no estaba muy convencido de permanecer aún con vida, se acercó a una de las paredes en la que había dibujada una puerta repleta de lucecitas que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan.
Perdón…
Ésta se escamoteó enseguida en la pared asustándolos de verdad. Rjrrr, de la impresión, dio con sus hermosas posaderas en el frío suelo de metal mientras Barael (ahora fijo que sí) asumía aquello como la antesala a lo que hubiera más allá de la vida. Eso sí, le hubiera quitado alguna que otra lucecita de esas que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan, que se enciende, aghghghgh.

Tras unos segundos de zozobra, se asomó.
Sentado a una consola de mandos con luc/ holgaba un pequeño duende de piel negra.
Era calvo, muy calvo, como una bombilla de esas de las/ y vestía un raro traje de piel negra brillante.
Barael se acercó estupefacto.
Frente al maquinista había una superficie grande de cristal por la que, gracias a unos potentes focos, se apreciaba cómo un enorme taladro penetraba en la tierra seccionando cuanto encontraba a su paso a la vez que impulsaba al artefacto con un movimiento vibratorio muy agradable. Por unos redondos ventanucos ubicados a ambos lados del habitáculo se podía ver la tierra pasar a toda velocidad, fruto del desalojo de la materia taladrada.
Barael se acercó más.
El duende, advirtiéndolo, giró su negro sillón. Muy sonriente, mostrando una majestuosa e impecable dentadura que brillaba como/, exclamó:
—Bienvenidos.
Barael contestó suavemente mirando en todas las direcciones:
—¿Hola?
El pequeño duende se levantó solícito invitándole amablemente a que se sentara junto a él, pero no pudo ser: Rjrrr acababa de irrumpir en la estancia comenzando a chillar horrorizada presa del espectáculo incomprensible de aquella sofisticada cabina de control.
Barael se acercó rápidamente hasta ella:
—Tranquila, amiga. Tranquila. No estamos muertos, estamos dentro del monstruo. Esto es el monstruo. —Y miró al duende negro buscando apoyo.
—No ha de preocuparse —continuó éste recogiendo la misiva—, no existe tal ser fantástico. Esto no es más que una máquina. —Después, viendo la expresión bobina de la duende, se quedó pensando y continuó—: Un gato de metal que camina por la tierra en lugar de por las praderas.
Rjrrr (para nada convencida) se sentó algo más tranquila en un sofá de la sala mullido, negro y sin pelos. Algo extraño para ella.
El duende negro invitó a que Barael hiciera lo propio al lado de su compañera mientras él se sentaba de nuevo al mando de los controles.
Apretando varios botones, hizo que las luces que iluminaban el túnel/ aumentaran de intensidad.
—Me llamo Néjrix —exclamó en voz alta mientras parecía tratar dificultosamente de mantener controlado el volante de dirección—. ¿Vosotros?
—Yo me llamo Barael. Ella es Rjrrr —respondió el duende con presteza—. ¿Qué hacemos aquí?
El duende negro apretó un botón y los mandos comenzaron a moverse solos.
Insatisfecho, se levantó:
—Bueno, pues ya está —exclamó tratando de ocultar parte de su frustración—. En control automático. Bien. —Y frotó sus manos sentándose en otro sillón que había frente a ellos.
Con miles de lu/ reflejándose es su brillante calva, habló de nuevo centrando toda atención sobre sus “nuevos invitados”:
—Pues bien, queridos amigos y sobresaltadas víctimas, para vuestra información, estáis dentro del aterrador monstruo de la Llanura de los Gatos. ¿Qué os parece? —concluyó indicando con satisfacción cuanto les albergaba.
Barael contestó simplón:
—Hombre, no es fea…, la verdad. Pero nos hemos cagado de miedo.
—Ja, ja. Gracias, gracias. A eso iremos después. Lo cierto es que estaría muy orgulloso de ella si no fuera porque no es capaz de hacerme volver a casa.
Barael, aturdido y pensando en lo suyo, preguntó sin hacerle mucho caso:
—Pero, vamos a ver, entonces…, ¿todo lo que ha sucedido arriba lo ocasionó usted?
El duende les miró con tristeza:
—En primer lugar te agradecería que no me llamases de usted; llámame ¡CUQUI! Ja, ja, ja, ja. No, es broma. Y NO, yo no he hecho nada. Esas piradas de ahí arriba son las que se han montado la película. Yo, hace ya algunos años, cuando construí esta máquina, ehmm, pues… No, veréis, mejor empezaré por el principio principio: yo, en Negrontia, el país de los duendes negros, era ingeniero de máquinas —ambos duendes le asintieron ceñudos sin pajolera idea de lo que era aquello pero con la firme intención de que aquel colgado les aclarara de una vez si les iba a ayudar o sólo trataba de divertirse antes de hacerles trastrás por detrás (obviaremos su supuesta capacidad a tenor de su color de piel y el hecho de que ya pasara su vida taladrando cosas)—. En mi trabajo, diseñaba aparatos que permitieran ampliar los conocimientos de la raza duende. Uno de estos aparatos, era esta taladradora —la balanza se inclina hacia el infortunio—. Cuando la construí, pensaba poder explorar y descubrir los secretos que escondía el planeta: sus minerales, sus cuevas, sus mantos; escribir sobre sus leyes, sus más recónditos paisajes. Vamos, hacer todo lo que se pudiera en pos del beneficio común —¡Na!, falsa alarma, guardad las palomitas. :-D
>>Desgraciadamente, el día en que decidí sacarla a pasear, algo salió mal. Como más tarde descubrí, su sistema de orientación (que no había revisado porque, burro de mí, me creía infalible) (Más me hubiese valido desnucarme contra un yunque) no estaba en perfecto estado haciendo que me saliera del país y cruzara erróneamente distancias desproporcionadas. Claro, para cuando me di cuenta, ya estaba a hacer puñetas de poder solucionarlo. Concretamente aquí, en Rojeria.
—¿Y los gatos desaparecidos…? —instigó Barael.
El duende continuó:
—En mis viajes, de vez en cuando (sólo de vez en cuando), atropellaba sin querer a algún gato y, claro, como yo no vivo del aire, y la comida que fabrica la máquina es así como digamos, un mojón con tropezones, pues… recogía los restos y me hacía unos guisos que te daban la vuelta a los dedos de los pies —al ver que le miraban con repugnancia, desvió el tema—. Bueno, pues eso, que como estaba tan perdido, llegó un momento en que me di cuenta de que estaba perjudicando a la población de Rojeria, la cual, curiosamente (y dicho sea de paso), siempre me pareció estar compuesta, en su mayoría, por mujeres medio en pelotas. No veas qué gusto me ha dado ver un duende —exclamó francamente agradecido en dirección a un Barael que no hizo mucho caso, por si acaso—. Pero sigo, que me desvío. —Miradita con reflejo adverso por parte de Rjrrr y constricción de ojete para Barael—. Dándome cuenta del daño que hacía, intenté tomar contacto con algún duende pero, cada vez que detectaba alguno (de churro, claro, porque con el desorientador averiado no sé nunca adónde voy), éste salía corriendo. Nunca conseguí encontrar a alguien que me ayudara o, por lo menos, me escuchara contar esta historia. Así que estoy que lo peto… —Nueva miradita.
Barael no entendía mucho aquella jerigonza subversiva pero le preguntó preocupado tratando de no desconcentrarse:
—¿Y ahora? ¿Adónde nos dirigimos?
El duende negro se levantó del sillón, marchándose a la consola de mandos:
—Exactamente, no lo sé. Desde hace tiempo vago por los abismos insondables a la espera de encontrar algo que me sirva de orientación.
Barael pensó con rapidez:
—¿Y ese sistema de orientador, no tiene arreglo?
—Sí —respondió.
—Joder, ¿Y por qué no lo reparas?
—Porque las piezas que necesito están en mi laboratorio.
—¿Y sin esas piezas no hay posibilidad de arreglo? —preguntó ya desesperado.
—Me temo que no —respondió Néjrix con una cara de resignación que a Barael le hubiese encantado recolocar a martillazos.
—¿Y cómo piensas regresar a tu país? —volvió. Se negaba a creer que alguien tan inteligente adoptara una postura tan propia de un representante público.
—No lo sé, este aparato tiene unos sensores que pueden detectar cualquier material que yo le introduzca en la memoria. Una vez localizado, él sólo se pone en automático, dirigiéndose hasta allí. Sólo tiene una pega, y es que su radio de acción no es muy grande. En Negrontia hay un mineral calcáreo muy específico que sería ideal. Si consiguiera aproximarme lo suficiente a mi país, aunque fuera de manera casual, la taladradora reconocería el metal llevándome de vuelta a casa.
Barael se quedó pensativo:
—Oye, ¿por casualidad…, vamos, porque sería la pera claro…
—Dime.
—¿Tú no sabrás por qué el Blanco es el más importante de los colores?
El duende rio a carcajadas:
—No…, no. Me temo que no.
Se hizo el silencio:
—¿Eres de Blancuol, verdad? —preguntó Néjrix.
—Sí —respondió Barael—. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque he oído cosas. Rumores, ya sabes. Tengo entendido que no os van muy bien las cosas por allí.
Barael asintió agradeciendo el eufemismo.
De repente, la taladradora frenó bruscamente precipitando al suelo el cuerpo de Rjrrr y Barael, a la vez que Néjrix se empotraba contra la consola de mandos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el duende blanco mientras se levantaba.
Néjrix maldecía su suerte:
—…dita sea. Hemos encallado en rubí. ¿Cómo es posible?
Barael miró al exterior: Efectivamente, habían topado con un enorme rubí. Uno proporcionalmente obsceno.
Palancas abajo y giro los controles, la nave tembló pero salió triunfante del atolladero.
El duende negro enjugó su sudor. Estaban relativamente salvados.
—¿Esta taladradora no perfora el rubí? —preguntó Barael.
—Me temo que no, muchacho.
Aquello le sugirió algo a Barael:
—Néjrix, he de pedirte un favor.
Néjrix giró el sillón de control para verle bien la cara:
—¿De qué se trata?
—Necesito tu máquina.
—¿Para qué?
—Para llegar a un lugar.
—Pero si no funciona su orientador. A ver si te crees tú que, funcionando, iba a estar yo aquí.
—Ya, pero a donde yo me dirijo, sí que me puede llevar.
—¿Seguro, duendote?
—Seguro, J —y se quedó maravillando, contemplando la belleza del rubí y el de la multitud de lucecitas multicolores que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan que se encienden y se apagan, que se encienden y se apagan…

(c) Rafael Heka ;-)

sábado, 20 de mayo de 2017

Crónicas Globulares 45: Sitio Malo


Aquel era el Risco de las Amapolas.
Se llamaba así porque en él nacían las amapolas más rojas, más grandes y más bellas de todo el Continente Estrellado.
Atrás quedaba el Risco de las Rosas, el de los Claveles Rojos, el de las Fresas, el de las Manzanas, el de las Cerezas. Un sin fin.
Y lo sabían porque el gato salvaje de Rjrrr los había afrontado todos combinando magistralmente elegancia y presteza, y porque el estado de sus posaderas hacía tiempo que les mantenía en un permanente estado superior de conciencia enfocado hacia la constelación de Flabón[1].
Ahora, sin embargo, el pobre animal descendía con dificultad tratando de no perder a sus pasajeros, confundidos como un atributo natural de su propio cuerpo a causa del montón de pieles que vestían.
A Barael le había crecido tanto el pelo que lo llevaba recogido en una gran coleta en la que había ido intercalando primitivos abalorios tribales propios de la región. En cuanto a su rostro, antes robusto y con una bella perilla perfilando sus facciones, había menguado hacia una nervuda eficiencia invadida por una incontrolable barba salvaje.
Hasta su cuerpo se había endurecido, envejeciendo ligeramente.
No es que se estuviera consumiendo o, peor aún, abandonando. Simplemente estaba siendo víctima de algo muy difícil para la mayoría de los seres sintientes de cualquier universo conocido: una alimentación correcta, paz completa y sexo sin límites.
Una prebenda divina que estaba a punto de terminar con su repentina llegada a aquella extensa llanura de césped carmesí y la Baraeliana estúpida pregunta de siempre, típica de cuando uno no tiene ni pajolera idea de la cama en la que se despiert, perdón, quiero decir del sitio en el que se encuentra, :-{:
—¿Dónde estamos, Rjrrr?
La duende respondió sin dejar de mirar inquieta de un lado para otro:
—Sitio malo.
Barael, que llevaba meses enseñándola idiomas muy parecidos a vuestro francés, griego y el suyo propio (obviamente) a cambio de arduas explicaciones de cómo dominar la lengua autóctona y la montura, consideró acertada la frase pese a no haber intercambiado más qua un par de frases al mes.
—¿Sitio malo? —preguntó no entendiendo qué de malo podía haber en aquella llanura.
La duende se agachó abrazando al felino y rudamente obligó a Barael a hacer lo mismo.
Éste obedeció sin rechistar. Su distorsionada mente barruntaba de forma lascivamente errónea si aquello no sería una postura nueva…
El gato también se agachó caminando sigilosamente entre los tallos del elevado césped.
El sol inició su marcha, unos sonidos extraños comenzaron a llegar y la vegetación se fue haciendo cada vez más espesa y más alta engullendo por completo a las tres figuras a la primera de cambio.
Fue suficiente. Barael, cansado ya de cabalgar durante todo el día, le espetó a Rjrrr:
—Tenemos que dormir.
—No dormir, no dormir. ¡SITIO MALO!
Barael alargó una mano hasta el trasero de la duende:
—Pero si te va a gustar, tonta…
Lo siguiente que sintió el infortunado fue el frío acero de su compañera rozándole las partes y una gélida expresión, aún más preocupante, muy pendiente del entorno.
Barael, ahora sí intranquilo —nunca antes había visto a Rjrrr tan tensa—, hizo caso y aguzó sus sentidos también. Ni que decir tiene que lo que antes amenazaba duramente a su compañera, ahora blandía lacio cual ropa tendida al socaire.
El felino, en consonancia también, caminó más despacio olfateando siempre antes de adelantarse.
En segundos, Barael comprendió los temores de Rjrrr.
Al principio no eran de gran tamaño ni tan abundantes. Sin embargo, en cuanto los tachonados reflejos de la luna penetraban hasta suelo, resultaba difícil hasta para el duende blanco no apreciar la multitud de huesos de gato diseminados por el terreno.
Había cráneos, espinas dorsales, costillas…
Y luego más, y más, y más.
Barael exclamó:
—¿Es esto lo malo?
Rjrrr negó con la cabeza y le hizo callar.
Barael hizo ademán de responder pero de nuevo el frío en forma de afilada hoja visitó sus partes nobles.
Antes siquiera de que al duende blanco le diera tiempo a reaccionar, la tierra tembló petrificándolos a los tres.
Rjrrr miró en todas direcciones pero no vio nada; la cerrada oscuridad y el denso césped lo hacían casi imposible.
Barael miró hacia atrás encontrando supuestamente, POR FIN, “lo malo” de las pelotas. Algo que se acercaba hacia ellos corriendo bajo tierra. Y ya podía serlo, porque acojonaba de verdad de una manera que, si no resultaba ser el objeto de toda aquella desazón, ¡maldita la gracia que tenía!
Avisó corriendo a Rjrrr golpeándola en la espalda, y de nuevo el acero.
—¡Que no! Mira —concluyó girándole la cabeza.
La duende clavó entonces los talones en las costillas del gato y éste accionó sus patas tan velozmente que Barael casi acaba en tierra de no ser por su innata capacidad refleja de aferrarse a las caderas de una mujer en los momentos difíciles.
Ajena al gustazo de su compañero, Rjrrr espoleó al gato tratando de mantener a distancia la cosa, y lo que venía bajo tierra.
Pero resultó que aquellas malditas hojas de hierba no ha-cían más que abofetearles machaconamente el rostro, obligándoles a cerrar incómodos los ojos y la boca en una carrera frenética hacia lo desconocido.
Para su “consuelo”, el suelo tembló intensamente.
Rjrrr estaba frenética, el gato volaba, Barael se aferraba a sus lomos, el monstruo se acercaba y…, de repente, el camino se acabó: Toparon de bruces con una enorme empalizada.
El felino, presa del pánico, arañó histérico los rojos troncos maullando a más no poder.
Como escuchando sus plegarias, y antes de que el monstruo diera buena cuenta de ellos, una sección de la empalizada se abrió ofreciéndoles una entrada a la que no hicieron ascos.
Con el sonido de maderos recolocándose tras ella, Rjrrr reconquistó finalmente la tranquilidad perdida por un exiguo espacio de dos segundos pues, frente a ellos, un ejército de semidesnudas y formidables mujeres-duende los amenazaba ahora a lomos de una feroz manada de extraordinarias monturas-gato.
La pobre duende expelió sorprendida un grito aterrador.
No era para menos, Barael acababa de irse


* * *


—¿Quiénes sois? —les preguntó iracunda una duende cuyo único atributo diferenciador era la larga trenza que le serpenteaba entre unas prietas y semidesnudas carnes, cubriendo lo que a Barael más le hubiese gustado contemplar.
De hecho, tan enfadada estaba, que cuando éste le iba a contestar con una de sus mejores sonrisas tontas —esas que todos los especímenes básicos ponen ante un despelote tan confusamente desproporcionado— la duende le empujó despreciativa tirándole a un extremo de la tienda. Sólo quería la voz de ella.
Rjrrr se enfrentó enseguida:
—¡No golpear, ser amigo!
La duende exclamó soberbia esbozando una sonrisa:
—No hay duende amigo en Roja…
Barael se levantó:
—¡No le tolero que me hable en ese tono! Mi
—Sepa usted, “caballero” —interrumpió sibilinamente dogmática la de la coleta, marcando el rango—, que está prohibida la entrada de los duendes en Roja.
Barael, comprendiendo su complicada situación, respondió tratando de mediar:
—Entiendo su postura. Y le alegrará saber —pobrecico—, que no pretendo quedarme en su país. Ni en el país de Rojo tampoco: estoy de paso. Necesito ver a la reina Rojina. Ella ha de responderme una pregunta crucial para el destino del Continente Estrellado.
La duende parecía cabrearse a cada sílaba pronunciada.
Barael concluyó solícito:
—Necesito esa respuesta…
La duende le preguntó intrigadísima:
—¿Y se puede saber cuál es esa pregunta tan importante?
Barael, no muy convencido de contestar, exclamó:
—Necesito saber por qué el color blanco es el más importante de los colores.
A la duende se le encendió la mirada. Irguiéndose como una serpiente en posición de ataque, cruzó los brazos y vociferó:
—Es increíble. ¡Es, increíble! Te salvamos la vida (claro, que si sabemos que eras un duende no lo hubiéramos hecho); no te expulsamos en el acto de aquí; aún no te hemos destripado como la alimaña que eres y, te atreves, ¡INSOLENTE!, a cruzar el país con el propósito de insultar a nuestra reina en su propia cara. Debería CASTRATE aquí AHORA mismo.
Barael no hizo ningún comentario, sabía que nadie lo entendería hasta que no estuviera todo resuelto. Evidentemente aquella duende no iba a ser la excepción:
—Me gustaría marcharme cuanto antes —trató de resolver despidiéndose, en un acto estúpido e instintivo—. Les doy las gracias por haberme salvado pero, ahora, mi compañera y yo tenemos que partir. —Y buscó una salida. 
Rjrrr, por alusiones, les observaba embobada: nunca había visto tal cantidad de verborrea junta en toda su vida.
La amazona rio para sí apreciado la cómica representación. Más relajada, exclamó:
—En primer lugar: no sé cómo habéis podido llegar hasta aquí y, en segundo: si os dejara marchar, como queréis (que en realidad, era lo que debería de hacer), no llegaríais ni a mitad de la llanura: el monstruo os devoraría en cuanto salierais de la empalizada.
Rjrrr afirmó mirando a Barael:
—Monstruo malo. Monstruo malo. Yo decir.
Barael le preguntó a la guerrillera:
—¿El monstruo es lo que nos persiguió hasta aquí?
La duende asintió. Después, se acercó a su trono de pieles como si estuviera cansada, deprimida:
—Hace muchos años esta era una llanura por la que cabalgaban libres los gatos, procreando y desarrollándose. Llenaban todo de retoños que luego nosotras, las amazonas de Roja, criábamos convirtiendo en cabalgaduras del ejército más poderoso del continente. Un día —un fatídico día—, este maldito monstruo apareció y las gatas dejaron misteriosamente de parir. Al principio no le dimos mucha importancia, pero cuando nuestras gatas comenzaron a desaparecer sin ningún tipo de explicación, nos asustamos. Luego, cuando nos encontramos los restos, nos echamos a temblar. Con el tiempo, los ataques se fueron haciendo tan frecuentes e indiscriminados, que tuvimos que refugiarnos en esta empalizada. Y así hasta ahora.
Barael se acercó a la amazona:
—Pero, ¿qué es ese monstruo?
La guerrillera respondió:
—Ni idea.
Barael volvió a sus cavilaciones:
—¿Qué hay de nosotros?
La duende les miró, sonriendo sardónicamente.


* * *

—Bueno Rjrrr, ya lo he conseguido —lamentó Barael atado de espaldas a la duende con un tronco de por medio.
El estacón en cuestión estaba clavado a poca distancia de la empalizada. Fuera de ella, evidentemente.
Rjrrr apostilló:
—Tú razón. Tú ser gafe.
En lo alto de la empalizada, la guerrillera que horas antes les hablara “amablemente” y que después —al término de sus compañeras— (hay que ser solidaria) se pasara por la piedra a un exhausto Barael, se erguía triunfal saboreando los últimos aromas de aquella noche.
Sin preámbulos, gritó dispuesta a la llanura:
—Oh, monstruo que asolas nuestro campo. Oh, ser de las tinieblas que matas a nuestros gatos. Aquí te ofrecemos un sacrificio. Con él, esperamos aplacar tu ira e implorar tu misericordia.
Barael y Rjrrr miraban asustados el pedregoso suelo. Se sentían decepcionados, sobre todo Rjrrr. Ella no era duende-hombre. Ella no merecer castigo. A Barael, sin embargo, le temblaban las piernas. Desde luego su paso por Roja no lo olvidaría jamás. Claro que, a lo mejor, ese jamás iban a ser unos segundos, porque estaba, de nuevo y por enésima vez: EFECTIVAMENTE <<ding>>, <<¡Premio y una botella de lejía!>> más que jodido…
Las amazonas se encaramaron alrededor de la empalizada buscando sádicamente con la mirada la monstruosa aparición. De pronto, a lo lejos, sonó la estúpida vocecilla:
—Por allí viene, al este.
Todas las duendes y Barael miraron en la dirección indicada.
Efectivamente, por el este, algo se acercaba rasgando la tierra.
Barael agarró a Rjrrr. Ésta, repitió histérica:
—¡Brel, tú gafe! ¡Tú, gafísimo!
—¡YO SABER! ¡YO SABER! ¡CAGARLA MUCHO! ¡SER GILIPOLL
Nadie oyó nada más. Con un inexplicable crujido, la voz de Barael desapareció ahogándose en una tremenda caída hacia las profundidades del mundo de los duendes. El monstruo les había alcanzado dando cuenta de cuanto pusieron en su ofrenda. Cuerpos, tronco, terreno.
Menos mal, de no ser así, seguramente Barael no hubiera resistido otra noche más dentro de la empalizada.
Las duendes gritaron jubilosas.




[1] Viendo las estrellas, en términos coloquiales.   



(c) Rafael Heka ;-)