domingo, 17 de abril de 2016

Lineal C Serial 05: Alfa



Bueno, pues terminé de recoger aquello y salí al porche con una manzana para aclarar ideas.
Mientras me la comía, miré al cielo.
Una enorme oscuridad se acercaba.
Iba a llover.
Y mucho.
Pedro estaba terminando su segundo porro.
Me ofreció pero no quise. ¿Quién quiere mierda habiendo otras cosas?
Jorge apareció.
—¿Te ha dicho Javi...? —me preguntó.
—Sí; qué cabrón —le contesté —; y eso que estoy cansado de cojones.
Pedro intervino:
—Si quieres, puedes dormir con nosotros. A Sonia le has gustado —concluyó con una sonrisa burlona.
—Tu puta madre —le contesté con exactamente la misma actitud y serenidad.
Volvió a sonreír.
Sin apenas haber terminado nuestra broma, un trueno tremendo de esos que hacen temblar los cristales estalló sobre nosotros.
Jorge y yo nos miramos. Iba a ser una noche muuuuuuy larga y muuuuy divertida, así que nos despedimos de Pedro y subimos enseguida al dormitorio a por ropa de cama y nuestras maletas.
Marcos y Vane ya estaban cerrados en su cuarto.
Javier y Susana, en una de las camas de nuestro dormitorio, seguían jugando y riendo con las putas cerezas, la nata y la madre que los parió a los dos. Estaban vestidos y Susana parecía mucho más borracha que hacía diez minutos.
—Venir, venir —nos decía como loca con aquella tierna ausencia de imperativo.
Javi no sabía ni dónde estaba.
Joder.
Me estaban dando asco.
Cogimos nuestras cosas rápidamente y bajamos.
A través de las tres enormes puertas de cristal que separaban el salón del jardín comprobamos que ya empezaba a pintear.
El espectáculo era acojonante.
Las nubes lo habían cubierto todo y se iluminaban intermitentemente con destellos azulados.
Salí fuera mientras Jorge terminaba de colocar las mantas.
Me encantan las tormentas. Son como mágicas. Representan la naturaleza en su estado más salvaje. Me encanta su olor a tierra mojada, a humedad; su viento desafiante, su agua creadora. Todo.
Y aquella prometía.
Jorge me pidió que cerrara; que iba a entrar frío. No tenía ni puta idea de cómo encender la caldera y ya le parecía bastante tocada de huevos el tener que dormir allí abajo.
Me reí.
No le gustó, al igual que a mí el que a él no le gustara. Pero cerré y me recosté en el sofá.
—Me temo que no podré leer un poco, ¿no? —le pregunté medio en coña.
Jorge me miró desafiante.
Me volví a reír y me tapé tratando de conciliar el sueño.
No lo conseguí.
Con los minutos, noté el frío, la tormenta golpeando fuertemente los cristales, los ronquidos de Jorge, los gritos de las hembras de arriba follando sin parar y mi polla más dura que la pata de una mesa bombeando sangre fuertemente recordando mi último encontronazo con Susana.
Su puta madre.
Me levanté y me fui a la cocina.
Cogí un litro de leche y me lo apalanqué con un par de tranquilizantes.
Necesitaba dormir.
Hubo un tiempo en que me hubiera aterrado no poder hacerlo. En ese momento, pese a haberlo superado, me intranquilizaba la idea de pasar toda la noche en vela.
Pero es que las chicas chillaban de cojones. De hecho, parecían gritar demasiado.
Y entonces, escuche la voz de Javi gritando:
—¡¡¡PUTAAAAA!!!
Lo siguiente: silencio, un portazo y alguien bajando las escaleras a toda pastilla.
Dejé el litro y me lancé a su encuentro.
Susana bajaba como poseída; lloraba fuertemente y daba trompicones.
—¡Susi! —le grité —. ¿Qué pasa?
La muchacha me chilló:
—¡Déjame!, ¡DEJARME EN PAZ! —Y se lanzó camino de la calle por la puerta de atrás.
Entonces apreció Javi abrochándose los pantalones.
Me paré frente a la escalera y le increpé:
—¿Qué cojones has hecho, cabrón?
Me empujó tirándome al suelo sin contestar y salió tras ella. Estaba como loco, el hijoputa.
Jorge se levantó enseguida cagándose en Dios.
Se lo expliqué y nos lanzamos afuera sin perder un instante.
Cruzamos la trasera, la carretera y nos internamos en el bosque.
Llovía muchísimo. La tormenta era de esas espesas y fuertes.
Acordamos separarnos e ir uno por cada lado.
Joder, qué paliza. No sé exactamente cuánto tiempo pasó, pero debió ser bastante.
El caso es que no encontramos a ninguno de los dos. De hecho, no nos encontramos ni entre nosotros.
Cuando me cansé, volví a la casa; me sequé y me metí en la cama. Pero en la de verdad, la del dormitorio del piso de arriba. El sofá ¡para su puta madre!
La tormenta siguió y me dormí. No podía con mis cojones.


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Crónicas Globulares Serial 14: Lo difícil no es ver al rey, lo difícil es convencer al portero...



La descomunal masa de coral azul brillante se alzaba en forma de armonioso castillo invadido de decenas torres y almenas.
De cerca, su resplandor y belleza cautivaban enormemente el espíritu golpeando las retinas con duros golpes directos enfundados en un elegante diseño de ornamentadas vidrieras y exquisitas incrustaciones cristalinas.
Tal era el deslumbre, que a uno se le achinaban los ojos al acercarse.
A su vez, y dándote un respiro de córnea, el portón del castillo te recibía magnífico, templado orgulloso en una gruesa y opaca plancha de cristal azul oscuro en donde todas las conchas de las especies existentes en el mar de los duendes bailaban una divertida pieza homenaje alrededor de la valva de una enorme almeja.
En definitiva, un espectáculo visual sin parangón, a medio camino entre la arquitectura divina y humana.
Barael ayudó a desmontar a su compañero mientras se masajeaba las doloridas nalgas, y ambos se acercaron al portón.
—¿Cómo llamamos? —preguntó el duende blanco—. No hay almirez.
Azí le miró y sonrió:
—Veráz... —Y, acercándose al portón, presionó sobre la concha de un nautilo.
Se volvió y miró hacia arriba.
De repente, sonó un tremendo aullido de delfín, muy semejante al sonido emitido por un felino sometido a una esterilización manual sin anestesia.
—Ahí lo tienez. Éza ez la zeñal de que zomoz unoz vicitantez con urgencia. Zi fuéramoz de la caza real deberíamoz haber prezionado la concha de abulón[1]. Zi fuéramoz comerciantes tendríamoz que haber pulzado el mejillón[2]. Bueno, ya zabez, zegún el vizitante, azí hay que darle a laz conchaz...
Súbitamente, y a la derecha del portalón, se abrió una oquedad en el coral y salió por ella un criado de librea con un frac de alga azul y un pelucón de seda de gusano de mar.
—¿Sí? ¿Qué desean los señores? —preguntó muy educado.
Barael se acercó y le dijo:
—Necesitamos ver a Azión.
Al criado se le escapó una contenida carcajada.
Después, haciéndose el remolón, les dijo de muy buenas maneras que eso ahora era imposible porque el rey estaba reunido en su cámara y no permitía que nadie le molestase en semejantes eventos.
Barael, conocedor de lo difícil de su petición, le respondió también de muy buenas maneras en el idioma de Blancualín:
—Dígale que venimos de parte de Baradir, rey de todos los duendes.
El criado se le acercó lentamente clavándole su amenazadora mirada. Cuando tuvo su nariz pegada a la de Barael escupió:
Querido duende: en Azulindia no hay más rey que Azión. Según tengo entendido, Baradir ya no es siquiera rey ni de ese pozo de podredumbre en el que se ha convertido Blancualín.
Barael se estiró hasta elevarse unos centímetros por encima del criado y le respondió nuevamente en Blanco:
—Pese a lo que usted opine, que opina bien, he de comunicarle que comparto lo de Baradir y lo del pozo de podredumbre; por eso estoy aquí. Aunque si se piensa que la corrupción de Blancualín sólo le va a afectar a mi pueblo, está muy equivocado. Por otro lado, debería recordar, pues no me parece usted tonto, que la manzana podrida acaba por corromper todo el saco, y que en el saco, estamos todos.
>>Pese a mi convencimiento en su falta de crédito a mis palabras, quisiera que supiese también de mi capacidad para resolver ése problema. Dindorx mismo intercedió en uno de mis sueños y me salvó de una muerte segura para que pusiera orden en el Continente Estrellado.
El criado se quedó perplejo. No podía articular palabra o mover un músculo. Después, inesperadamente, rompió en histriónicas carcajadas.
Rio tanto, que comenzó a retorcerse por el suelo agarrándose el estómago y enjugándose las lágrimas.
Si en ese momento no se hubieran iluminaron las aguas y se hubiera aparecido Dindorx, seguramente se hubiera cagado de la risa.
En vez de ello, ante lo dispuesto, el estómago del duende quedó reducido a la nada.
Dindorx bramó:
—¡Gilipollas!, ¡Lo que mi elegido manifiesta ES CIERTO! Déjale entrar o te convertiré en esturión para que te pases toda tu puta vida poniendo huevos y sepas lo que es el dolor ¡Mamonazo! Y vístete bien, ¡hostias!, que pareces mierda de pavo[3].
Después, la imagen y la luz desaparecieron ante la mirada atónita de los tres duendes.
El criado, sujetándose el trasero y completamente aterrado, entró velozmente en el hueco por el que había salido a recibirles. Una estúpida sonrisa se le había quedado congelada en su semblante de imbécil.
Azí le tiró de la ropa a Barael.
Éste se volvió.
—¿Sí? —dijo boquiabierto.
—¿Cómo lo haz hecho?
—Yo no he hecho nada..., no sé lo que...
En ese momento, un estruendo les sobresaltó y se volvieron.
El gran portón de las conchas se abrió levantando una gran polvareda de plancton, arena y moluscos, digna de miles de años de inactividad.
De entre sus brumas, emergió fantasmal el aterrado criado y les acompañó a un enorme vestíbulo en donde les hizo aguardar unos instantes.
El interior de aquel recibidor era digno de los dioses. Todas sus paredes de coral alojaban pedrería con nombre de aguamarinas, zafiros y perlas azules. Las ornamentadas lámparas, esculpidas en diamante azul, y con luciérnagas en su interior, eran auténticos trabajos de orfebrería muy superiores a las del Castillo de Harina. El suelo —un damero de baldosas en cristal y mármol azul— hacía que uno sintiera elevarse. Hasta la magnífica escalera en hueso de ballena azul y pasamanos de fina porcelana turquesa que les comunicaba con el piso superior le dejaba a uno mudo.
Tan ensimismados se quedaron, que no apreciaron el regreso del criado.
Su voz les asustó:
—El rey de los duendes azules les recibirá en la Sala de los Peces. Acompáñenme, por favor.
Ambos asintieron y le siguieron a través de innumerables salones plagados de infinidad de criados afanados en sus tareas cotidianas.
Llegados a una particular puerta de concha azul, el criado se detuvo, la abrió con presteza y les invitó a entrar.
Aquella era la Sala de los Peces. Se llamada así por la multitud de especies de pescado que nadaban en sus aguas. Perimetrándola, infinidad de estatuas en perla azul mostraban una visión congelada de sus individuos, dotando a la escena de una sensación erudita y casi enciclopédica.
—Acercaos —resonó una voz desde el fondo de la sala.
Ambos obedecieron sorteando algún que otro animalillo acuático; El anciano duende les esperaba solemne sentado en un rico trono de coral azul tachonado de algas.
Su Majestad portaba desnudo el recio y velludo torso, destacando de su agradable y provenzal semblante aquella imponente y rechoncha nariz.
Sobre su cabeza, una hermosa corona de seis puntas en conchas azules. Sobre cada punta, una gran perla azul.
Su trenzada barba azulada caía sobre su cano pecho, decorada con bellos adornos marinos en un claro signo de distinción.
En su mano derecha, un bastón de coral terminado también en una gran perla azul, acababa por definir la figura de su excelencia: Azión.
Los dos duendes se arrodillaron enseguida, descubriéndose la cabeza.
—¿Qué deseáis? —pronunció el anciano indiferente—. Por lo que he oído, uno de vosotros dos viene de Blancualín.
—Así es —contestó presto Barael levantando la vista. Seguidamente, sin reparo alguno y aprovechando hasta el último segundo, le relató diligente los motivos que le traían a palacio y la misión que Dindorx le había encomendado junto con todos los prolegómenos concernientes al medallón y a la leyenda.
A medida que hablaba, el anciano parecía interesarse más, asintiendo con la cabeza.
—..., y bien, Majestad: ¿Conoce usted la respuesta al acertijo? —concluyó Barael tras encasquetarle el paquete completo.
Azión le miró por un rato sin decir nada. Estaba asimilando la historia, los extras y los audio-comentarios.
Después, se levantó cansina y pensativamente de su trono y, ayudado de su bastón, bajó por las escaleras que separaban éste del piso.
Con parsimonia, mesó su barba y exclamó:
—Sé que mi respuesta la habrás obtenido ya. Sé, que te parecerá duro. Sé —y ahí tuvo que hacer un inciso ante la estupidez del discurso que se le avecinaba. Empezó otra vez, ahora más informal—. Mira, como comprenderás, a mí tus problemas me importan un bledo. Pocas cosas ha hecho el reino de Blancualín por nosotros; lo que ahora os suceda, no es de mi incumbencia. Aun así, te contestaré: No conozco la respuesta.
Barael se sintió profundamente derrotado.
—Pero... —continuó Azión haciendo que Barael levantara sorprendido su cabeza—, has de saber que también conocía la historia del medallón y, aunque nunca vi a Brándel, sé que necesitas esto.
Azión acercó su mano a la del duende blanco y depositó algo en ella.
Era una pequeña perla azul.
La cogió y, alegremente, sacó por el cuello del jersey el medallón y la colocó en el lugar correspondiente.
Miró a Azión con agradecimiento. Éste, simplemente, le expresó con frialdad:
—Es lo único que puedo hacer por ti. Ahora, podéis iros.
—Gracias, Majestad —exclamó la compañía al unísono.
Azión se dio la vuelta regresando pesadamente a su trono, como una ballena cansada camino de su morada.
El criado que les condujo hasta allí hizo acto de presencia y les encaminó a la salida.
* * *
Fuera ya del castillo, Barael observó lo bien que encajaba la perla azul en el hueco triangular que tenía reservado para ella el medallón.
—Zí que ez bonita, zí —apostilló Azí mirándola con admiración.
Barael guardó de nuevo el medallón bajo el jersey asintiendo con la cabeza.
Algo es algo, pensó.
No tendría la respuesta, pero si en los otros reinos la cosa iba igual, la obtendría de igual modo, así que soltaron los hipocampos amarrados en una de las farolas a la entrada del castillo, montaron en ellos, los espolearon, e iniciaron sin demora el camino de vuelta restregándose unas apreciadas y marinas nalgas que volverían, seguro, a estar doloridas en breve.  

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[1] Que suena elegante y distinguida.
[2] Como una depilación a la cera en zonas erógenas. Algunas culturas ancestrales, como los Junos de Manglar Occidental, confunden la señal con el aullido masculino propio del rito de apareamiento, fruto de recibir éste inmisericordes golpes en los genitales por parte de los demás candidatos a fecundar a la hembra.
[3] Referido al excremento del ave. Blando, flojo. Vamos, sin espíritu, flojeras. Un bluf.

domingo, 20 de marzo de 2016

Perseidas 02: Anónimo




anónimo

Año 3245 después de Cristo
Museo de Antropología Primario.
Esperanza, Capital Terrestre.

La cola daba vueltas al edificio.
Miles de seres autóctonos y foráneos procesionaban impacientes mientras serpenteaban por una infinita cola contemplando multitud de vestigios. Todos esperaban llegar hasta un pequeño trozo de papel. Un diminuto manuscrito sin autor ni procedencia. “El inicio de la Lucidez”, rezaba en la brillante placa digital.
El muchacho, al llegar, lo miró mientras su padre contemplaba expectante sus reacciones.
   “Hoy he descubierto quién soy... comenzaba.
    Hoy sé qué soy.
Y he llegado a esa conclusión pensando algo muy sencillo.
He imaginado el mundo, ese lugar plagado de galimatías legales, atiborrado de normas, de ciegos, de manipuladores, de destructores de la Naturaleza... SOLO.
    VACIO.
    Sin más alma humana en él que YO.
Y, entonces, todo cobró sentido. Vi con claridad la Tierra.
    Y mire al cielo, y vi las estrellas.
Y descubrí el paraíso. Un lugar en el que vivir libre de la contaminación del hombre. Allí, con la ayuda de algún que otro animal y la maña de la agricultura, uno puede sentirse libre de verdad. Libre y capaz de subsistir de la forma más sencilla, llegando a esa paz del alma que sólo se conquista con la auténtica independencia que otorga la autosuficiencia. Porque la realidad de todo esto es muy sencilla: Tan sólo somos unos seres que necesitan un poco de agua y algo de alimento para el cuerpo y el espíritu. Todo lo que añadamos después son complicaciones, manipulaciones, intentos de ingresar al individuo en estructuras mentales alejadas de su autentica naturaleza simple.
El mundo y yo sólo...
Ahora sí sé quién soy...”       
Los ojos del muchacho habían cambiado de expresión.
Entró siendo un niño, se marchó como hombre.
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(c) Rafael Heka




Crónicas Globulares Serial 13: Descensores al baño María


Frente a ellos se extendía la más vasta extensión de agua que jamás un duende divisara.
Barael, profano en mares, playas, y con los pies desnudos, disfrutaba dibujando huellas azuladas en la finísima arena mientras Azí hacía lo propio brincando y cabrioleando.
—¡Mira! —dijo el pequeño señalando hacia el mar—. Ézoz zon loz dezcenzorez de concha. Con elloz ze baja a Azuria.
Barael caminó unos pasos en la dirección indicada y, efectivamente, la playa terminaba bruscamente allí, sobre unas estructuras de madera azul en forma de grúa: los descensores.
De las cabezas de estas grúas pendían, adheridos a gruesas cadenas, unos habitáculos muy particulares divididos en tres partes:
Un techo superior, construido con una gran concha marina agujereada; una gran y trasparente esfera en todo el centro con una puerta de acceso; y una base inferior, también de concha, de la que colgaba una férrea cadena con una gran perla celeste haciendo las labores de contrapeso.
Los descensores, en su mayoría, subían y bajaban incesantemente ofreciendo una machacante sinfonía de cadenas agitándose. Como maestros de ceremonias y fuerza bruta laboral, unos fornidos y semidesnudos duendes azules se bronceaban a la fuerza del trabajo, mostrando sudorosos sus tatuados torsos, cabezas y pies. Solamente unas ajadas bermudas de algas marinas cubrían lo que laboralmente no había de mostrarse por respeto a los clientes[1].
Azí miró a Barael y, viendo su cara de asombro, le dijo con los ojos desorbitados:
—Venga ¡Vamoz a montar!
—Un momento, un momento… —exclamó Barael un poco acojonado tras contemplar la sencillez con la que bajaban los duendes en los descensores y se sumergían en las oscuras profundidades—. Aquí hay algo que no cuadra. Yo no sé vosotros, pero en lo que a mí respecta, aún no respiro bajo el agua.
—No te haz de preocupar por ezo. Eztoz dezcenzorez zon mágicoz; en zu caída, hacen que tu cuerpo ze acoztumbre a la rezpiración acuática. Venga, vámoz. —Y el alegre y risueño Azí echó a correr por la playa en dirección al descensor libre más cercano.
Bueno, pensó Barael, eso de que no me he de preocupar, ¡unos cojones! Que mi padre murió en la bañera de una mierda de estornudo. Menudo hostión se dio contra el grifo. Luego al agua y muertecico ahogado. No, no, cuidadito; que en aquella bañera no habría dos palmos de agua y aquí abajo vive hasta gente y todo.
Adosado a la grúa a la que se acercó Azí había dos manivelas con las que se subía y bajaba el descensor. Agarrando estas manivelas, unos estirados duendes vestidos de mayordomo les aguardaban.
Uno de ellos les explicó que la magia del descensor estribaba en capacitar adaptativamente al pasajero a la respiración marina mediante un sencillo proceso de inundación progresivo de la cabina. Según el habitáculo descendiera y ésta se fuera llenando, el duende iría progresivamente adaptándose a respirar mar. Una vez el descensor inundado por completo, el individuo respiraría agua con tanta normalidad como un pezón[2].
Cuando se sube de Azuria a Azpiñón, el proceso se invierte y el duende puede respirar el aire como antes.
—¿Y no falla nunca? —preguntó Barael a título informativo.
—Muy rara vez —contestó el otro descensorista—. Bueno, miento, el otro día cascó uno de la impresión; porque respirar, respiras, pero la altura acojona de narices, ja, ja, ja. Con decirle que yo bajo sin mirar.
Claro, explicadas las cosas así, huelgan las desconfianzas. Así que mientras que el primer descensorista y Azí arrastraban a un enajenado y pataleante Barael al interior del descensor, el otro habría la portezuela con una sonrisa de oreja a oreja deseándoles buen viaje.
Una vez dentro, y mientras Barael se dejaba las uñas contra el cristal implorando clemencia, los descensoristas comenzaron a bajarles accionando pausadamente las manivelas con un semblante agradable, un silbar consolador y la concisa y correcta recomendación gestual de que no miraran hacia abajo si no querían cagarse de miedo.

* * *

Como le fue explicado, el agua penetró gradualmente por los orificios inferiores hasta cubrir por completo el descensor.
A principio, la sensación para ambos duendes fue extraña y, por unos instantes, no pudieron respirar. Tras un breve lapso de tiempo, sus pulmones recobraron la normalidad.
Ya más calmado, y desoyendo la asustadiza recomendación de no mirar (broma típica, por cierto, de descensoristas a turistas novatos), Barael se acercó al cristal.
Totalmente asombrado, y entre impresionantes arrecifes de coral, pudo ver cómo infinidad de coloridas formas de vida le mostraban su esplendor otorgando de imborrables impresiones sus inexpertas retinas. Al fondo, majestuosa, aguardaba misteriosa la iluminada ciudad de Azuria.
Qué de leyendas se decían de ella.
Qué de maravillas.
Innumerables conchas provenientes de diversas variedades de moluscos y otros seres marinos gigantes hacían las labores de vivienda, apuntalando así la identidad arquitectónica de sus muros. Los artesanos duendes azules, como aporte individual y artístico, tallaban sus respectivos hogares con bellos motivos tribales en un acto cultural de aportación comunitaria capaz de generar una entidad artística individualizada y definida.
De sus puertas y ventanas brotaban luces brillantes que bailaban al compás de las mareas con los tenues fuegos mortecinos que salpicaban la urbe en su particular lluvia de estrellas.
Todas esas viviendas, todas esas pequeñas maravillas labradas, fruto del esfuerzo y la imaginación, se agrupaban alrededor de una suave colina al amparo de un enorme y deslumbrante coral azul.
—¿Qué es aquello? —preguntó Barael al dar cuenta de él.
—Aquello ez el majeztuozo Palacio de Coral. La morada de Azión. Míralo: ¡Qué ezpectáculo!
—¿Por qué brilla tanto?
—Porque en zu zuperficie, entre la inmenzidad de zuz recovecoz coralinoz, viven cientoz de luciérnagaz marinaz.
Barael se apoyó en la pared del descensor y siguió mirando la fantástica ciudad. Se notaba la vida, aunque no se apreciara bien.
Fijando la vista a lo lejos, muy apartado del núcleo urbano, le pareció distinguir un riachuelo de duendes encaminándose a un solitario promontorio.
Sin darle tiempo a exhalar su siguiente pregunta, una sacudida le sobresaltó: habían llegado al fondo.
El descensorista de turno les abrió la puerta y salieron.
Desde allí, la perspectiva visual al mirar hacia arriba era la de encontrarse bajo un precipicio muy alto del que colgaban muchos sedales gigantes de pesca.
Una visión tan cautivadora como realmente escalofriante si hubiera especies lo suficientemente grandes como para aceptar esos cebos[3].
—Bien, ¿y ahora? —preguntó Barael.
—Ahora ezpérame aquí. Aunque el Caztillo de Coral parezca eztar cerca, no ez azí; necezitaremoz ayuda.
—¿Ayuda?
—Ajá, ezpérame. —Y se marchó ufano a unas concurridas cuevas excavadas en la ladera del precipicio.
Barael decidió distraerse contemplando a un personal bien variopinto y pintoresco.
Tenías desde el pobre comerciante de Azpiñón con problemas para controlar sus garrafas de vino, hasta la bella duende de sugerente bikini que se marchaba nadando como si tal cosa.
También había ejecutivos, nietos de ciclistas disfrazados de toreros, ediles socialistas, putones verbeneros, peluqueros de esos que se llaman estilistas. Musculitos. Posturitas. Cronistas carroñeros. Ja, ja.
Vamos que como diría un gran autor de vuestro pueblo:
—Carajo, estaban todos menos tú[4].
También había muchos puestos en donde los vendedores lanzaban a voz en grito el precio de sus mercancías:
—¡Llévese una buena réplica del Castillo de Coral! —decía uno desde la concha de un cangrejo ermitaño.
—¡Jamón de atún!, ¡Ahumado!, ¡Espina negra! —profería otro entre las valvas de una gigantesca almeja.
—¡Algas dulces! —chillaba un tercero desde un coral verde fosforescente, rebosante de niños golosos.
—¡Paté de calamar! —aclaraba alguien subido en una estrella de mar.
—¡Prffffffff… —explotó estridentemente el relincho en la oreja izquierda de Barael.
El duende se dio la vuelta con los puños preparados para el combate, descubriendo a su diminuto compañero a horcajadas sobre un extraño animal marino. Traía otro para él.
—Lo ziento, amigo; ¡zube! — le cortó Azí en una de aquellas espontáneas intervenciones que incitaban al asesinato con ensañamiento.
—¡¿Qué son estos bichos?! —preguntó Barael.
—Hipocampoz[5] —respondió Azí —. ¡Y no loz inzultes! Pobrecitoz…
—¡¿Hipocampoz?!
—No, hipocampoz. ¿Zabez?, ya me eztáz empezando a tocar los huevoz. Como zigaz azí me veré obligado a decidte un pad de cozaz.
Barael se aguantó el descojono y dejó que el muchacho se explicase.
—Penzé que, como el camino va a zer algo largo, y tienez priza, lo mejor era alquilar eztoz caballoz de mar.
Barael asintió no sin dejar de reafirmase en la opinión de que eran unos seres extraños; sobre todo, después de estar un buen rato intentando montar en el suyo.
Ya en sus cabalgaduras y con las bridas bien agarradas, pusieron rumbo a la ciudad.

* * *

En unas horas llegaron a Azuria. El terreno era difícil pero los hipocampos se portaron muy bien. Lo único que sufrió allí fueron los riñones de Barael.
De cerca, la metrópoli era mucho más bella. Los trabajos de talla en las conchas eran magníficos. Se diría que databan de centurias a juzgar por la minuciosidad de motivos y cenefas.
A los lados del camino flotaban unas esferas de cristal, en cuyo interior ufanas luciérnagas realizaban su trabajo.
Barael, de vez en cuando, preguntaba a los duendes que encontraba la respuesta al acertijo. Estos no le contestaban. Algunos incluso le miraban de mala gana.
Cabalgando, cabalgando, terminaron la ciudad topando con una bifurcación.
Los hipocampos encogieron sus colas y se pararon.
Barael tiró de las bridas diciendo:
—Y ahora ¿por dónde?
—Por la deredcha —respondió Azí—. Zi cogiéramoz el camino de la izquierda noz dirigiríamoz a laz Minaz de Perla.
—¿Minas de Perla?
Azí le miró amenazante:
—Zí, allí ez en donde ze cultiva y ze eztraen laz perlaz azulez. Venga, vamoz. Ahora noz ezpera lo máz duro.
Los duendes trotaron duramente por la escarpada ladera de la montaña camino del Castillo de Coral.
A medida que ascendían, la vegetación y la fauna marina se fueron haciendo más abundantes mientras que los peces y crustáceos que les salían al paso asombraban por su extrañeza. Muchos de ellos emitían luz. Luz que solía brotar de largas protuberancias verrugosas.
Las viviendas dejaron de hacerse frecuentes hasta que llegados a un punto, desaparecieron por completo.
Ya cerca de la cumbre, la presencia del castillo era imposible de ocultar. Su fulgor lo precedía como un maravilloso heraldo.
Arriba ya, tras recomponerse los doloridos bajos, lo observaron en todo su esplendor.
Sorprendentemente para Barael, no tenía nada que envidiar al Castillo de Harina.

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[1] Bueno, aquí, la verdad, es que si hacemos caso a la leyenda, sentiríamos congoja y desazón al contemplar las dimensiones de los monstruosos miembros viriles de los duendes azules. Dados los desmayos y las múltiples confusiones con las gruesas maromas de trabajo se acordó tapar semejantes aberraciones en pos de la cordura general y la seguridad laboral. Y todo por una puñetera gracia de Dindorx, que quiso dotarles de un timón de proa para nadar. Ya sabéis el chiste: está un duende amarillo y un duende azul meando en un río y dice el duende amarillo: —Pues sí que está fría el agua sí. y responde el duende azul: —Y profunda… En fin, que pueden plantar nabos sin agacharse, los pavos.
De todas formas, sabed que nos adentramos en un territorio peligroso: Pepinos de mar, tiburones, almejas… ya me entendéis.
[2] Pez enorme muy apreciado en Azuria, sobre todo por los duendes masculinos.
[3] Hombre, y claro que en esos mares hay especies capaces de merendarse apetitosos duendes crudos, pero si pensáramos todos los días en semejantes trivialidades no cogeríamos ni un autobús, ni un metro, ni una bicicleta, ni…
[4] Título de la canción parafraseada en el párrafo de arriba, del cantautor y poeta Joaquín Sabina.
[5] Vamos, caballos de mar.