martes, 16 de febrero de 2016

Lineal C Serial 04: Alfa



El chalet estaba muy bien. Sobre todo, para alguien como yo hacinado en un pequeño apartamento de barrio.
Pasamos una cocina con muebles de madera, un ancho pasillo liso y laso con algún que otro cuadro de barcos, un baño; por fin, llegamos a un salón con muebles rústicos y piso de terrazo. Este último, comunicaba con el jardín principal de la casa.
Al fondo, entre árboles, setos y demás vegetación inclasificable para mí, estaban reunidos todos alrededor de una robusta barbacoa de ladrillo cargada de carne hasta los topes. Al menos, todos los que yo esperaba más alguna que otra chica.
A ellos los encontré como siempre. Pedro, a medio camino entre gótico y elegante, vestía ropas largas y oscuras luciendo su clásica larga y negra cabellera ondulada; eso sí, un poco más cana que la última vez que nos vimos.
Javier, en la barbacoa, algo más calvo pero igual a como lo recordaba, llevaba camiseta, vaqueros, y marcaba un bello tatuaje tribal. Tenía el pelo muy corto y se había dejado una perilla oscura que le sentaba bastante bien.
En cuanto a Jorge, le noté más desmejorado de lo normal. Siempre había sido un tipo fuerte y echado para adelante, pero, aquella vez, me lo encontré débil y apagado. Luego me contó que sufría una enfermedad reumática que le estaba retorciendo las articulaciones.
Jorge era el más bajo de todos y vestía algo formal para mi gusto: camisas de cuadros, chalecos y pantalones de loneta a juego con zapatos de esos funcionales. Sí, Jorge era pragmático. Sin embargo, pese a ser el más técnico y sencillo de todos, era con el que más hablaba, haciéndolo incluso después de dejar aquellas tierras. Nos unía un vínculo ligado a la literatura de ciencia-ficción, a la filosofía y a la risa. A veces, nos pasábamos noches enteras hablando de cómo el individuo en particular, con sus acciones, podía mejorar la sociedad en general. De hecho, teníamos un borrador de todas aquellas conversaciones esperando ser trabajado.
En fin, un gran tipo, y un gran amigo.
En cuanto a las chicas, sólo reconocí a Vanesa, la mujer de Marcos. Era delgada, atlética, de rasgos marcados y angulosos; tenía la melena corta, castaña, y un buen polvo según el alcohol que llevaras metido en el cuerpo. Eso sí, de aquella, estaba con barriga. Pero lo cierto es que, incluso así, no había perdido del todo ese atractivo que la caracterizaba; además, le habían crecido las tetas de forma increíble. Vanesa, trabajaba de gerente en un asador a las afueras de la capital. Allí fue donde conoció a Marcos; en una cena que organizamos con motivo del fin de carrera.
Las otras dos me las presentaron en ese momento.
Ya estaban comiendo y eso suele deformar la perspectiva; tienen que soltar la chuleta en el plato para darte dos besos y, a veces, al sonreír, esos pequeños trozos de carne entre los dientes deslucen lo que podría ser una gran primera impresión. En fin, que nos dimos besos y etc, etc. Que si me llamo Sonia, que si me llamo Susana, que si la primera era la nueva novia de Pedro y despachaba ropa en una tienda casual; que si la segunda era la prima de la primera y le volvían locos los escritores. Que si tal, que si cual.
Resumiendo, dos pedazo de mujeres. La primera, una rubia de pelo largo y rizado, estaba de buena que se rompía. Vestía un top rojo ajustado de cojones y una falda blanca muuuuy corta que dejaba apreciar dos muslos de esos torneados y morenos que quitaban las ganas de comer chuletas. Vamos, que era la típica tía buena que suelen atraer cabrones sin alma como Pedro.
En cuanto a la segunda, la prima, era una preciosa morena de melena lisa y muy negra. Vestía un traje de noche oscuro bastante sensual y realmente poco acertado para una barbacoa como aquella, pero que la sentaba estupendamente, realzando la claridad de su piel.
Los chicos, copas en mano, sonrieron al verme y se acercaron. Intercambiamos grandes sonrisas y palmadas de complicidad.
Me sentí muy bien. Parecía como si no hubiera pasado el tiempo; como cuando llegas a un sitio en donde dominas una pequeña parcela y formas parte de algo. Era una vieja sensación que hacía demasiado tiempo que no tenía. Además, estaba anocheciendo y eso me agradaba: la vegetación, la parrilla, la conversación, el olor a humedad... Siempre he sido una persona nocturna. El día lo he preferido para vivir. La noche, para soñar y escribir. Y esa noche, comenzó a ser mágica.
Por lo pronto, me relajé y subí a mi dormitorio en compañía de Jorge para dejar mis cosas.
Mi primera impresión de la segunda planta del chalet fue la de parecer más grande que la primera. Pero no. Tres dormitorios y un baño. Aunque algo no me encajó.
—¿Vamos a dormir tú y yo juntos? —pregunté a Jorge.
—Sip; pero no en la misma cama —respondió en seguida bromeando.
—¡Faltaría más! —exclamé riéndonos ambos a carcajadas.
—¿Y Javi? —pregunté.
—Tranqui: en el sofá de abajo —me dijo.
Menos mal. Con Jorge, aún. Pero con Javier no juntaba culos ni de coña.
En fin, que lo que más sacamos en claro de aquella segunda planta era que el dormitorio principal era cojonudo y tenía una terraza que daba al jardín principal. Nos apoyamos en su baranda y saludamos a los de abajo atareados ya en poner la mesa.
La vista era una pasada. Todo el bosque rodeándonos, las montañas por encima y a lo lejos el cielo estrellado.
—¿Qué guapo, verdad? —dije.
Jorge asintió sin quitarle ojo a Susana. Desde allí arriba su escote desvelaba agradables secretos.
Eso me recordó algo y le pregunté:
—Por cierto: ¿Qué tal con Lorena?
Su semblante cambió completamente.
—Menuda ¡PUTA! —soltó de golpe.
—¿Y eso? —le pregunté sorprendido. Las últimas y lejanas noticias que tenía eran que salían juntos y no les iba muy mal.
Me contesta:
—Pues que una noche de sábado me dice que no sale, que está muy cansada, que para otro día, y yo, salgo con éstos. Un par de cervezas y me la encuentro comiéndoselo todo a uno en el fondo del SOHO. Se montó la de dios. Menuda guarra.
—Pues sí... —le consolé.
Jorge no se lo merecía.
Bueno, realmente nadie se merece eso. Pero es que en los ambientes en los que se movían los fines de semana, lo más decente que podían pillar era una choni de las cuencas, una poligonera o una chigrera de las guarras, guarras. Eso fue también algo que siempre nos separó. Si salíamos por ahí y veíamos un local decente junto a un antrazo, había que meterse por cojones en el antrazo.
En ese momento recordé muchas de nuestras aventuras.
Cuántas odiseas vivimos…
Le pregunté por una en concreto:
—¿Te acuerdas de aquella que salía con Javier y con su novio a la vez y que no dejaba que Javi se la metiese ni con condón mientras su novio la montaba a cuatro patas?
Jorge sonrió.
—Otra puta de cuidado —contestó—. ¿Cómo se llamaba? ¿Verónica, no? —me preguntó.
—Sí —le respondí.
—¡¡¡¡¡¡GUARRAAAAAAAA!!!!!!! —gritamos al unísono partiéndonos de risa.
Pero recordé otra cojonuda:
—Joder —empecé—, ¿y aquellas que conocisteis por el chat?
Jorge volvió a sonreír; anda que no hacía de aquello.
—Qué bueno —seguí haciendo ejercicio de memoria—. ¿Cómo fue? Sí, hablabais con ellas por el ordenador y quedasteis para conocerlas en persona en la escalera 13 del Paseo. Joder, resultaron dos crías. Nos tomamos algo por ahí y tú fuiste a saco a por la tuya. No estaba mal: morenita, delgadita. La recuerdo bien. Llegamos a un bar, entramos y nos ponen a jugar a un juego estúpido de cartas donde había que golpearse con los dedos en el brazo, a modo de castigo, si fallabas al predecir la carta que cogerías en tu turno.
—Es verdad —recordó Jorge con nostalgia.
Yo seguí.
—El caso es que Javi y yo salimos a respirar un poco y tú sales al rato, todo serio, y nos cuentas que cuando te ibas a morrear a saco, llega y te suelta que no puede porque su último novio la había intentado violar y que claro, que está todo muy reciente y no se siente fuerte todavía.
Ahí nos reímos los dos de lo gilipollas que fuimos.
En aquella cita terminó lo de Jorge con la chica. A Javi le duró un par de meses, pero también se acabó pronto. Eran unas niñas y ellos unos salidos que no follaban ni pagando.
Miento, pagando sí. Pero ésa es otra historia.
Pobres chicas.
Abajo nos miraban ya y nos hacían señas. Todo estaba Dispuesto.
Bajamos y ayudamos un poco llevando las bebidas. Había que quedar bien.
La mesa estaba montada a lo largo bajo un recio porche de madera y tenía un bonito mantel blanco con puntillas.
No sé cuantas botellas de vino conté al llegar con los refrescos. Un huevo. Pero bueno, de ahí a la cama, así que...
Marcos y Vane se colocaron junto a Susana, Pedro y Sonia se sentaron de espaldas al jardín y Jorge, Javi y yo nos pusimos enfrente.
La churrascada comenzó su desfile.
Gambones, chuletas de cerdo, salchichas, chilos, ancas de pollo, solomillos, etc, etc, etc.
Con la comida y el vino se soltaron las lenguas y nos echamos unas buenas risas.
Pese a ser tan dispares, aún teníamos muchas cosas en común. Sobre todo, recuerdos. Agradables, salvajes, disparatados. Recuerdos...
Aún ahora, mi memoria se hace eco de ellos con frescor:
Carreras nocturnas por autopistas solitarias con los nuevos coches de Javier y Jorge.
Cuando Javier se metió en una rotonda con su coche y lo partió entero por debajo.
La noche en que lo embarró en un camino y tuvimos que dejarlo allí y volver al día siguiente con una grúa porque fuimos incapaces de sacarlo.
Qué bueno.
Noches locas, playas, bosques, fiestas. Bebedizos, conjuros, amor, vida.
Y todo volvía a brotar allí aquella noche.
Las estrellas brillaban como nunca, la barbacoa ardía exhausta al fondo y la mezcla de alcohol y café venia ardiendo de manos de Javier en una ponchera desde la oscuridad del jardín.
Ya en la mesa, y aún encendida, se recitó el ancestral hechizo. Bebimos.
Todos brindamos.
Vanesa y Marcos comenzaron a besarse; Pedro se lió un canuto y empezó a fumárselo son Sonia mientras Susana me abrazaba en busca de algo que gustosamente podría darle; Jorge, resignado ante el planazo que se le avecinaba, miraba al cielo; y en cuanto a Javier, loco por degollarme, se retiró misterioso a la cocina.
Pasaron un par de minutos tan sólo antes de que desvelara su venganza materializada en una enorme fuente de cerezas con nata.
Susana me soltó en el acto como si nunca me hubiera conocido y se volvió medio loca. Le encantaban las cerezas con nata.
Ja, ja. Menudo cabrón hijo de puta...
Enseguida corrió a besarle mientras éste, hecho jalea, iniciaba un ególatra surtido de anécdotas viajeras a lomos de su compañía de teatro.
A la chica comenzaron a brillarle los ojos.
A mí me pareció bien; no tenía ganas de problemas.
Aquella era una buena muchacha y yo había venido a disfrutar con mis amigos..., aunque, ahora que lo cuento, tengo que reconocer que aquella sensación de que alguien te abrace con calidez y se interese por ti, me descolocó un poco. Y más aún, cuando la vi agarrada a Javier.
Conocía a aquel cabrón y sabía que no valoraba a la muchacha más que en la rapidez con la que se pudiera quitarse las bragas.
Y la chica no lo merecía. Durante la cena me había contado que estudiaba letras y que le gustaría ser una gran escritora. Me preguntó por mis libros y eso. Ahí fue cuando Pedro le recomendó que no me leyera, que era mala literatura.
Yo me mosqueé un poco y aludí que lo que debería de hacer era no leerle a él pues publicaba mierda muy bien adornada.
Una vieja discusión sobre si lo importante es el contenido o la forma que acabó con las sonrisas falsas de siempre.
Está claro que tras un buen contenido, la forma es muy importante pues te lleva a ese otro lado y permite una mejor comunicación de ideas, pero la verdad es que la vida no merece oscuridades y Pedro era un puto agujero negro. Una ponzoña que vomitaba en sus obras los más oscuros pesimismos.
Eso sí, el hijo de puta, escribía mucho mejor que yo.
Por eso él tenía muchos premios y yo un montón de historias en venta.
La verdad es que la muchacha estaba un poco desconcertada y algo embriagada de conocer a dos literatos discutiendo profundidades filosóficas tan grandes. Sinceramente, me agradó la situación. Hacía mucho tiempo que nadie se interesaba por mí de esa manera. La soledad, como escuché una vez, no es más que la ausencia de alguien con quien compartir lo que le es inherente y vital a uno. Por eso mis entrañas se revolvieron cuando Javier jugó con las cerezas en su boca. Era como ver a una serpiente acercándose a un inocente ratoncito incapaz de imaginar lo que le va a suceder.
Aún tengo el recuerdo de su aliento junto al mío y de su mejilla rozándome mi desaseada barba. Y cómo acariciaba mi muslo mientras deslizaba dulcemente su salada lengua entre mis labios.
Vamos, que me levanté y terminé de recoger la mesa. La velada tocaba a su fin.
Mientras metía los cacharros en el lavavajillas, Javier se dejó caer por la cocina.
Conocía perfectamente aquella puta mirada enloquecida ajena al mundo.
—¿Podrías dormir hoy en el sofá del salón? —me preguntó.
Siempre fue un hijo de puta desconsiderado y estaba claro que, entre su polla y mi cuerpo magullado por cuatro horas de coche, iba a elegir su polla, así que…; no me planteé discutir.
—Vale, ¿y Jorge? —le pregunté.
—El sofá es grande. Sólo hoy, por favor, no puedo más... —contestó suplicante mientras se frotaba sus sudorosas manos.
Asentí sin más.
Javi era así; cuando se cegaba, se cegaba. Estaba enfermo y ése fue otro más de los motivos que nos separó.
Demasiadas putas en demasiados países. No podía pasar sin sexo ni un minuto. Una vez nos jodió unas vacaciones de fin de semana haciéndonos buscar locales para él. Otra, nos engañó y nos metió a todos en una historia con unos chulos porque no le quería pagar a una chica de alterne. En fin... 
Que Javi me agradeció mucho el gesto y se marchó de la cocina. Cruzándose con él, apareció Marcos y Susana con el resto de vasos y jarras mientras el resto de las mujeres subían al piso de arriba bostezando, tacones en mano.
—¿Buena cena, eh? —dijo Marcos.
>>Allí donde vives no coméis así ni de coña —apostilló con una gran palmada en la espalda y una nueva sonrisa.
No, qué va —pensé—; allí no comemos, ¡Gilipollas! Pero me callé. Mi puta cortesía de siempre. A veces, me hubiera gustado ser más cabrón y mandar a todo el mundo a la mierda a la primera de cambio, pero no era así. Además, tampoco había ido allí para discutir, así que...
El caso es que Marcos dejó lo que traía y se marchó.
Susana se había quedado tras de mí, mirándome fijamente.
Sin volverme, le dije:
—Cuéntame...
—No, que molas —dijo sin más.
—¿Que molo? —pregunté sonriendo mientras me secaba las manos con un paño de cocina.
—Sí —comenzó—. Antes te vi preparar parte de la cena y se nota que sabes guisar.
Sonreí la cortesía.
—Bueno, me gusta la cocina, sí. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien que vive solo si quiere subsistir? De hecho, me gusta hacer un montón de cosas. Es mi manera de expresarme, de enfrentarme a la realidad —le dije—; creo que la autosuficiencia del individuo es el único camino cuerdo hacia la madurez.
Le brillaban los ojos.
—¿Sabes?, eres un partidazo. ¿Tienes novia? —me preguntó a bocajarro.
Me asaltó una abrupta sonrisa. A mi edad, y dedicándome a las letras, determinadas expresiones me hacían gracia. Aquella, además, venía cargada con un bello y pesado baúl de ternura.
—No... —le contesté escuetamente.
La chica, sin apartar su traviesa mirada de mí, dejó suavemente la copa de vino sobre la encimera y se acercó muy lentamente hasta rozar su cuerpo contra el mío.
Acercó unas jovencísimas manos hacia mi rostro y me besó de nuevo en la boca metiéndome la lengua hasta la campanilla.
La verdad es que me quedé tieso. Mi cuerpo vibraba de arriba a abajo y mi pecho ardía como un volcán.
Ella se alejó un poco y me miró sonriendo esperando una reacción. Su mirada, entre anestesiada y burlona, agresiva y del todo vivaz, pese a su aparente ingenuidad, conectaba con mi alma más profunda pidiéndome a gritos que me abalanzara sobre ella.
Me palpitaba mucho el corazón, por no decir otra cosa, y mi respiración me estaba ahogando.
Si no hubiese sido porque apareció Javier y se la llevó haciendo uso de un cimbreante racimo de cerezas, nos lo habríamos montado en mismísimo suelo de la cocina.
Joder, cómo me puso. Sólo de contarlo me entran sudores.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo bellísima que era.
Tenía un rostro curioso pero que me encendía por dentro. La primera impresión que daba era la de una de esas chicas introvertidas de mirada ensoñadora. Ya sabéis, de esas huérfanas que viven en una casita solitaria en medio del bosque con su abuela y quince gatos. De esas que te invitan a ver una película, que vas, la ves, y al darle la espalda para ponerte la gabardina e irte, te degüellan, hacen un ritual con tu cuerpo y terminan enterrando los restos (que no se coman los gatos) en el jardín junto a sus otros “novios”. Una auténtica diosa de pocas palabras y un bailar inolvidable. Cómo lo hacía; no se movía, serpenteaba. Subía y bajaba; te envolvía con los brazos y te clavaba la mirada disfrutando como si estuviera moldeando barro.
Bufff… qué guapa era.


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Crónicas Globulares Serial 12: Quien encuentra una uva encuentra un tesoro porque conoce a un amigo



El camino de tierra azul por el que Barael discurría serpenteaba a través de un frondoso y espeso bosque de gigantescas setas azuladas.
La verdad es que hacía ya un buen rato que vagabundeaba por allí sin una idea realmente clara de adónde dirigirse.
¿Cómo empezar? ¿A quién preguntar?
Dindorx me guiará, concluyó ingenuo, ajeno al hecho de que su dios se encontraba inmerso en una obligación ineludible capaz de inutilizar el raciocinio de cualquier entidad, ya fuera humana o divina: la declaración de impuestos.
Lo que sí tenía muy claro era que había de completar el medallón lo más rápidamente posible. Eso, si no encontraba a alguien que le desvelara antes el secreto a desentrañar. Quién sabía...
Por lo pronto, en su incierto caminar, lo plausible era encontrarse con algún que otro duende azul ataviado con vestimentas muy semejantes a la suyas.
Así sucedía.
Era pasar el incauto a su lado y de su boca brotaba:
—Disculpe: ¿No sabrá usted por qué el Blanco es el más importante de los colores, verdad?
Siempre la misma respuesta:
—¿El Blanco? Muchacho, creo que te equivocas. El Azul es el más importante.
Barael respondía también siempre de forma bastante inteligente:
—Y ¿por qué?
Y de nuevo la misma razonable y razonada respuesta:
—Porque sí, ¿pasa algo?
El duende blanco, ante las agresivas y amenazantes miradas con las solían venir acompañados aquellos comentarios, se limitaba a contestar:
—No, no, por nada. —Y continuaba cuidadosamente su camino empezando a barruntar lo difícil que iba a resultar  aquella descabellada empresa.
Ya tras mucho preguntar, y cansado de salvar los dientes por los pelos, decidió continuar un rato simplemente caminando por aquella senda de tierra azul en la silenciosa compañía de las enormes setas de gruesos troncos aterciopelados que tan predispuestas ofrecían sus refrescantes sombras cargada de matices azucarados.
Por entre ellas, dejándose ver, observó que iban y venían diversos duendecillos (hachas al hombro) canturreando extrañas canciones mientras daban forma a nuevos caminos pisoteando la tupida vegetación azul por la que, de vez en cuando, se asomaban tímidas y extrañas flores entre revoloteos de desconocidos y alegres pájaros azules.
Menos frecuente, pero sí ciertamente grato, era ver cómo algún que otro riachuelo se cruzaba en el camino refrescando la polvorienta senda sin que su profundidad fuera obstáculo alguno.
Observando a sus grandes compañeras más detenidamente, Barael descubrió que no sólo respondían a una simple y aleatoria formación vegetal, sino que también tenían el privilegio de albergar los hogares de aquellos duendecillos cantarines.
Para su asombro, las destinadas a ello habían sido ahuecadas y acondicionadas convenientemente, alojando en su interior todas las comodidades necesarias.
Incluso había de ellas que contaban con un bello jardín cercado en donde algunos habían puesto pequeños cenadores en los que poder sentarse a departir y beber las múltiples variedades de la famosísima cerveza celeste de Azulindia.
Otra de las cosas que le llamó mucho la atención a Barael fueron los enormes racimos de uvas azules que pendían exuberantes y provocativos de algunas de las sombrillas de las setas.
Tanto le asombraron, y tanto rugían sus tripas, que se acercó a coger una.
—Yo que tú no haría ezo —sonó repentina e inesperada una estridente vocecilla a sus espaldas.
Barael se volvió y descubrió a un pequeño y jovencísimo duende azul.
—¿Por qué no? —preguntó.
El retoño se lo quedó mirando de pies a cabeza y, frotándose su rala barba azulada en actitud sorprendida, le respondió:
—¿No erez de por aquí, verdaz?
—No —contestó Barael mirándole desde las alturas—. ¿Por qué?
—Porque aquí, en Azpiñón, todoz los duendez saben que laz uvaz que nacen de las setaz de sombrerete blanco con manchaz azulez son venenosaz.
—Y ¿todaz…, perdón, ¿todas las uvas son venenosas?
—No, ven. —Y cogiéndole de la mano le acercó a una seta con el sombrerete azul tintado de manchas blancas. De un sorprendente salto, arrancó una uva. Después, se la dio y le dijo: <<Toma, prueba>>.
Barael se la llevó a la boca y mordió, enmudeciendo al instante. La verdad es que si hubiera sabido lo que era la ambrosía, hubiera comparado enseguida aquel sabor con ella.
—Gracias —le dijo al pequeño duende—, ¿cómo te llamas?
—Azí —contestó éste risueño.
—¿Así? —preguntó el duende blanco.
—No, no: ¡Azí! —respondió el pequeño con los brazos en jarras.
Barael sonrió frotándole cariñoso su corta y puntiaguda pelambrera.
Azí vestía un jerseycillo azulado, unas calzas muy amplias y unas alpargatas de atar. No llevaba gorro y su cara era muy graciosa: tenía los mofletes regordetes, la nariz muy respingona y unos grandes y expresivos ojos azules.
Barael se puso de cuclillas y le preguntó:
—Oye chiquitín, ¿tú no sabrás casualmente por qué el Blanco es el más importante de todos los colores, no?
Azí, mientras pensaba, mesaba su barba a la vez que cerraba un ojo. Luego, se rascó la cabeza y, tras sentarse en el suelo, respondió:
—No, no tengo ni idea. Ademáz, no creo que el Blanco zea el máz importante.
Barael asintió al darse cuenta de que se podía haber ahorrado la pregunta. Después, se irguió y le dijo:
—Bueno, pues nada, muchas gracias. He de continuar camino.
—¿Hacia dónde? —preguntó Azí curioso.
—No lo sé en concreto. Busco la respuesta a la pregunta que te acabo de formular.
Azí comenzó a dar volteretas y saltos de alegría.
—Oh, ¡Ezo ez eztupendo! ¡Maravilllozo! —Y se paró en seco mirando a Barael con ojos penetrantemente serios e índices acusatorios.
>>¿Puedo acompañarte?
Barael, sin pensárselo mucho, respondió:
—Bueno, al fin y al cabo, alguien tiene que guiarme por Azulindia.
Y así fue como los dos duendes continuaron camino juntos por entre aquel sorprendente y vivaz bosque de setas.

* * *

Durante el largo paseo que duró desde su primer encuentro, Azí le contó a Barael que aquel bosque se llamaba Azpiñón y que en él vivían los duendes azules terrestres. También le contó cómo Azulindia se dividía en dos regiones o condados: La región que ahora mismo atravesaban y el condado marino. Allí, bajo sus aguas, descansaba la ciudad de Azuria, capital del reino, y el hermoso Castillo de Coral, morada del actual monarca azulado, Azión.
Y también le tocó escuchar que, en Azpiñón, la mayoría de los duendes vivían de recolectar uvas con las que fabricaban un vino y una cerveza exquisita —ya mencionada antes—, mientras que los duendes de Azuria trabajaban en las minas recolectando perlas para la familia real.
Barael escuchó todo esto en silencio llegando a la conclusión de que la única persona allí capaz de decirle lo que él necesitaba podía ser Azión.
—Azí —le dijo— creo que debemos ir a ver al rey.
—¿A Azión?
—Ajá.
—No zé zi noz recibiría...
—No te preocupes, lo hará. ¿Cómo se llega a Azuria?
—No tiene pérdida. Zi zeguimos ezte camino pronto llegaremoz a loz lindez de Azpiñón. Allí ez donde termina el bozque, comienza la playa, y ze encuentra el mar de Azuria.
—Entonces, pequeño amigo, salgamos de aquí cuanto antes; quiero mojarme los pies.
Tomándole la palabra a Barael, aplicaron rápido ritmo a sus diminutas piernas caminando durante toda la tarde. Ya bien entrada la noche, de mutuo acuerdo, decidieron tomar un refrigerio en forma de bocadillos salidos del asombroso zurrón del duende blanco, el cual, bastante cansado ya, sugirió dormir unas horas en el interior de un solitario tronco de seta fruto de una inacabada reforma.
Azí no se negó así que, tan pronto como encontraron postura, se durmieron irremisiblemente sin una sola vuelta de cuerpo.

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martes, 12 de enero de 2016

Lineal C Serial 03: Alfa


Lo dicho, continuamos...


Hacía mucho tiempo que no cogía el coche y me metía una tralla buena. Eso debió de ser. Me encantaba conducir y perderme. Coger carreteras y quemar gasolina escuchando programas de misterio o historias pregrabadas por parajes inhóspitos y agrestes como aquél por entre el que terminó dibujándose la cabaña de marras objeto de nuestra quedada.
Bueno, cabaña...
Javier a cualquier cosa llamaba cabaña. Como esperaba cuando llegué, aquello no era exactamente lo descrito, sino un moderno chalet individual de un par de plantas. 
Qué raro —pensé. Javier solía ser un cutre de esos que confunde la sencillez con lo chabacano. Alguien que te aboca a un antrazo, y pretende que lo veas como el paradigma del glamour.
Pero esta vez no fue así. Ahí estaba. Un chalet bastante elegante en un paraje muy idílico cargado de vegetación y rodeado de bosques.
Una imagen verdaderamente agradable.
A la entrada, había cuatro coches.
Un utilitario blanco algo deportivillo, un mono-volumen rojo de esos para llevar a toda la familia, una berlina gris metálico grande y un anodino y destartalado “vehículo de transporte urbano”.
Este último, estaba claro que era de Pedro. Ese tipo de coches, en general, siempre me parecieron coches bastante asexuales —coches sin testosterona—, y no podía ser de otro que de alguien como él capaz de definirlos como latas recicladas con ruedas.
La berlina también me resultó fácil de adivinar. Grande, fuerte, con muchas puertas. Deduje que era de Jorge. Para él, un coche había de ser algo con la habilidad suficiente como para pasar a través de un bloque de hormigón sin arañarse siquiera.
Lo que me desconcertó un poco fue lo del mono-volumen y lo del utilitario. El capullo de Marcos siempre estaba babeando con comprarse uno que nos gustaba cuando éramos más jóvenes muy parecido al blanco de fuera: que si tecnología extranjera, que si era la hostia, que si tal, que si cual, ya sabéis. Pero lo que no me imaginaba era a Javier con un mono-volumen, así que debía de ser de Marcos.
Acerté de pleno.
En cuanto al mío, era un cupé azul de importación camino de jubilarse.
Aparqué junto al de ellos y me dispuse a bajar mis cosas.
Enseguida, una vieja y conocida voz me asaltó con uno de sus típicos comentarios:
—Pero bueno, todavía con ese cacharro, ¿cuándo piensas cambiarlo?
Era Marcos. El capullo de Marcos. El tocahuevos de Marcos. Siempre estaba con lo mismo: que si cuándo cambias de coche, que si todavía con la misma chupa de cuero, que si tu casa es pequeña, etc, etc.
Siempre desprecié enormemente a las personas que no saben valorar las cosas por lo que son, tengan el tiempo que tengan.
Pero en fin, ése era el precio a soportar por aquel fin de semana.
—No veo el motivo —le contesté finalmente, luciendo mi sonrisa de medio colmillo—, es un viejo compañero que me trae y me lleva. Yo cuido de él y él de mí.
La oronda cara de Marcos sonrió incrédula. No entendía que se pudiera coger cariño a las cosas. Y saltaba a la vista con sólo verle vestir aquella impoluta ropa de supervivencia que nunca cumplía su fin: Ocres pantalones bombachos con muchos bolsillos, camiseta, chaleco a juego con los pantalones y botas de senderismo. Vamos, un conjunto, completito, y, por supuesto, absolutamente, nuevo. Como su cerebro, que estaba por estrenar.
En cuanto a su físico, los dioses le dieron y le quitaron: ya estaba calvo del todo, de hecho se afeitaba, pero aún seguía teniendo esa figura robusta, alta y fuerte que siempre le caracterizó.
Terminé de recoger mis cosas, le di un abrazo y otra de mis mejores sonrisas falsas. Me sentía algo tenso. Con él siempre estabas tenso. Era el típico que no te mira sino que te radiografía para ver qué llevas puesto intentando con ello hacerse una idea somera de tu situación; ya me entendéis…
—¿Qué pasa hombre?, ¿cómo va todo? —le pregunté rompiendo el hielo camino de las espinas.
—Bien, bien; vamos —me dijo comenzando a contarme sus hazañas como médico; que si tenía una nueva casa; que si  Vanesa, su mujer, estaba esperando al segundo peque, etc, etc.
Aún no era de noche; estábamos en ese momento del día en donde el sol está a punto de irse y todo se tiñe de un fino velo rojizo.
Algo, en ese momento, me asaltó.
Marcos seguía con su verborrea egocéntrica mientras yo examinaba la finca trasera por la que entramos sin encontrar explicación a mi inquietud. Marcos lo notó.
—¿Qué pasa?, ¿no te gusta? —me “preguntó” riéndose —. Si allí donde vives es un secarral... —concluyó tan cortés como siempre.
—Sí, sí —le respondí lo mejor que pude disimulando mi falta de franqueza. Acababa de tener una extraña sensación e intentaba sin éxito averiguar el origen enfocando la mirada más allá de la finca.
—Anda, anda, tira; que estás apijotao de tanto viaje —exclamó entrando en la casa.
Yo en ese momento le creí y le seguí. En algunas ocasiones de mi vida el estrés me había jugado muy malas pasadas y las casualidades las oportunidades adecuadas para cagarme de miedo.

(c) Rafael Heka
(c) 33Ediciones

Crónicas Globulares Serial 11: Esgorcio IV

¡Feliz Año Nuevo!

¿Continuamos...?

;-)



En un sofisticado laboratorio un montón de gnomos vestidos con batas plateadas se movían de un lado a otro entre paneles plagados de luces de colores.
El gubernamental edificio de contención, ubicado en uno de los recintos más seguros y secretos del interior de Pelota Mecánica, albergaba un enjambre de científicos trabajando altamente concentrados en el último experimento de Esgorcio IV, su físico más prestigioso. Al igual que sus predecesores, Esgorcio III, II, y I, éste había dedicado toda su vida a la ciencia y al sagrado precepto de defender la evolución y el desarrollo.
Aguardándole en el centro del laboratorio, sobre el suelo, descansaban dos platos opacos de cristal conectados mediante tubos a un montón de ordenadores.
Tras estos ordenadores los gnomos de cascos plateados martilleaban arácnidamente unos elegantes teclados metálicos haciendo uso de sus finas y largas falanges.
Sin previo aviso, la puerta corrediza del laboratorio se deslizó con un “Zip”. Esgorcio IV, a la postre un corpulento gnomo vestido con una túnica cobre oscuro y casco a juego, la traspasó y se dirigió al centro del laboratorio colocándose entre los dos discos.
Sus duros ojos negros revisaron técnica, rápida y tenazmente las conexiones.
Al término, se acercó a unos controles y le dijo al gnomo que los manejaba:
—¿Glim, glum, glim?
El gnomo respondió:
—Glim.
Entonces, Esgorcio IV se acercó al platillo que tenía más cerca e introdujo su mano en el bolso derecho de la túnica.
De él extrajo un pequeño fruto dorado.
Lo enseñó a todos los gnomos del laboratorio mostrándolo en alto y lo colocó sobre el platillo.
Después, se acercó de nuevo a los controles y le dijo a su operador:
—Glumni.
El gnomo apretó un brillante botón de color verde que parpadeaba frente a sus puntiagudas narices y el disco empezó a brillar.
Esgorcio IV se acercó.
El fruto comenzó a desmaterializarse hasta desaparecer.
A los pocos segundos, frente al incrédulo medio centenar de mudos gnomos allí reunidos, se materializó sobre el otro platillo.
Los presentes aullaron de satisfacción. Todos, menos Esgorcio IV que permanecía muy serio frente a los dos discos.
—¡Glon! —chilló.
Los gnomos callaron, dejaron de tirar papeles al aire y le miraron asombrado.
Esgorcio IV se subió al disco donde antes pusiera el fruto para el experimento y exclamó:
—¡Glumni!
—¡¿Glumni?! —preguntó el gnomo al mando de los controles.
—¡Glumni!, ¡glim! —sentenció Esgorcio IV tras cruzarle la cara sin piedad.
El dolorido operador recogió un par de dientes del suelo y accionó el botoncito de marras ante las miradas atónitas de sus compañeros.
Esgorcio IV comenzó a desmaterializarse.
En ese momento, la diosa Graya, desde su pequeño chalet adosado del Olimpo, sonrió maliciosa. Con su aviesa mirada aún clavada en la gran bola de cristal que flotaba en medio del salón y desde la que nunca dejaba de perderse cuanto sucedía en su mundo, chasqueó un par de sus huesudos dedos no sin poder dejar de sentir el inusitado placer que ascendía por sus corvas.
Esgorcio IV comenzó a materializarse.
Inusitadamente, una fuerte luz cegó sus ojos precipitándole al suelo:
—¡¿Glim, glan… ONES??!!! —se preguntaba mientras cubría su dolorido rostro y una extraña pesadez lo dominaba.
Introduciendo rápidamente una mano en su bata, extrajo unas gruesas gafas oscuras y se las puso.
Cuando el escozor cesó, sus ojos dejaron de lagrimear y sus negros diafragmas se dilataron lo suficiente, Esgorcio IV se dio cuenta de que algo había salido mal.
En aquellos instantes debería de estar sobre un platillo de cristal, en SU laboratorio, y no sobre la FINA Y CALIENTE ARENA BLANCA DE SABE GRAYA DÓNDE. Cuando resolviera aquello, y sus ojos regresaran a su ubicación de nacimiento, se juró reventar a patadas en la nuca al capullo de los controles. Eso, si no lo esterilizaba antes de un único y seco tirón en sus defectuosas partes, haciéndole un favor a toda la raza gnoma. ¡Qué coño! ¡Y al resto del universo!
Pero por si aquel desgraciado espécimen no había experimentado aún suficiente dolor, su piel, únicamente lamida por la fresca luz de azulados fluorescentes y demás luces artificiales, fue lacerada inclemente por las lenguas ardientes de aquel sol inmisericorde.
Presto, buscó un refugio que atenuara la quemazón. No lo encontró: a su alrededor se cernía un puñetero, maldito y vasto desierto en donde, a lo lejos, pero que muy a lo lejos, parecía distinguirse una delgada línea horizontal de un color indefinible.
En ese momento, para mayor desasosiego de Esgorcio IV, un gran trueno reventó a sus espaldas. El gnomo se volvió y la impresión le hizo dar con su trasero en tierra.
Frente a él se elevaba descomunal una recia montaña. Un gigante cuyo alcance era tal, que la cúspide hacía mutis por unas terroríficas nubes generosas de nieve, cerca de lo que para él, creyó ya, sería el inicio de una estratosfera.
Esgorcio IV se había topado con el Monte Brecio.

(c) Rafael Heka
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sábado, 19 de septiembre de 2015

Crónicas Globulares Serial 10: Pelota Mecánica


En los confines de la misma galaxia globular donde se encuentra el mundo de los duendes, a muchos años luz de éste, flota un planeta revestido en chapa.
Bueno, lo cierto no es que esté cubierto de metal, sino que es de metal. Realmente es una pequeña esfera de Dyson[1] (sin un sol que lo abastezca) cuyos habitantes prosperan sobre el interior de su corteza tal y como podrían haberlo hecho en vuestro conocido Rama[2].  
Gracias a la enana blanca alrededor de la cual orbita, el peculiar planeta se muestra rutilante en forma de fulgurante bola metálica. En otras ocasiones, cuando dicho astro queda eclipsado, son su infinidad de motas de luz las que revelan la existencia de un mundo avanzado.
Bien, pues allí, en ese lugar lleno de contrastes, viven los evolucionados gnomos.
Los gnomos de Pelota Mecánica son seres parecidos a los humanos, más pequeños, y de formas concentradas y comprimidas. De pie no superan la barriga de un duende, carecen totalmente de pelo, ostentan orgullosos una pequeña cabeza que cubren con unos finos y ajustados cascos de brillante y reluciente metal (normalmente oro, plata o cobre) por los que emergen sus características y enormes orejas puntiagudas y, como atuendo, en su gran mayoría, gustan de lucir sofisticados trajes de ejecutivo en colores chillones o metálicos.
El planeta entero es prácticamente una gran ciudad, un gran hormiguero, con un skyline plagado de escarpados rascainfiernos tecnológicos dignos de las mejores civilizaciones avanzadas.
Como especie están muy evolucionados, aunque sólo en lo concerniente a las materias científicas.
Desgraciadamente, por ello, en Pelota Mecánica no se conocen las artes. Nunca nadie jamás ha pintado un cuadro ni escrito una novela. Los únicos libros que existen son tratados eruditos sobre Química, Física, etc.
Eso sí, cualquier gnomo, al poco de nacer, ya sabe resolver integrales tiples y derivadas de todo tipo.




[1] Una esfera de Dyson es una megaestructura hipotética propuesta en 1960 por el físico Freeman Dyson en un artículo de la revista Science llamado «Search for artificial stellar sources of infra-red radiation». Tal esfera de Dyson es básicamente una cubierta esférica de talla astronómica (es decir, con un radio equivalente al de una órbita planetaria) alrededor de una estrella, la cual permitiría a una civilización avanzada aprovechar al máximo la energía lumínica y térmica del astro.
[2] “Cita con Rama” es una novela de ciencia-ficción escrita por Arthur C. Clarke en 1972. Es una de las obras más premiadas del género pues, entre otros, recibió en 1973 el premio Nébula y en 1974 el Hugo, Locus y John W. Campbell Memorial.

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Lineal C Serial 02: Alfa


VIERNES











Aún no sé por qué lo hice.
Cansancio quizás.
Ganas de aire nuevo.
No sé.
Quizás estuviera hasta los cojones.
Lo que está claro es que lo hice.
Cogí mi viejo coche y me lancé un centenar de kilómetros a un lugar desconocido camino de un grupo de tipos con los que no compartía ya nada, y a los que consideraba, en el mejor de los casos, unos gilipollas.
Necesitaba una bocanada de aire.
Conmigo llevaba pocas cosas: un par de libros de sabiduría, algo de música, el botiquín de vitaminas y ansiolíticos y mi grabadora de notas.
Me dedicaba a la literatura. Escribía.
Subsistía, más bien.
Contar cosas divertidas en aquel país por entonces era complicado.
La gente quiere cosas serias, neuras, depresión, que ganen los malos, todas esas mierdas que le hacen a uno sentir como el culo, y, sinceramente, yo no puedo con eso.
Historias juveniles, divertidas, de ciencia-ficción; ésa fue mi elección tras entender que cada escritor ha de escribir, lo que ha de escribir, y no otra cosa.
Exacto. Escogí el camino más duro.
Pero con un par de cojones, mucha paciencia, amigos perdidos por el camino y montones de trabajos mal pagados, conseguí publicar algunas cosas en editoriales de mierda llenas de frikis, más preocupados de jugar al rol que de profesionalizarse. Luego, cansado de mamoneos y hostias, fundé mi propio sello.
Así fue cómo me estabilicé de una puta vez y comencé a disfrutar. Y así fue, como una tarde, Javier me llamó.
—Hombre, ¿qué tal? —le dije falsamente agradecido.
—Ya ves... (Bla, bla, bla)... he alquilado una cabaña para el fin de semana... (Bla, bla, bla), a ver si así nos vemos todosque hace la de dios que... (Bla, bla, bla)
—No estaría mal —contesté—, (etc, etc, etc).
Bueno, ya sabéis, el rollo de siempre.
Javier era el típico imbécil sin ningún tipo de personalidad que hoy dice una cosa, mañana otra, y que cuando se junta con un par de personas, no sabes nunca por dónde va a salir.
Sus últimas aventuras consistían en viajar por todo el globo con una compañía de teatro ambulante interpretando textos clásicos a nivel diurno, para, pasando al nocturno, follarse todo aquello que se dejara, fuera gratis o pagando.
Últimamente estaba de gira por el país y bla, bla, bla.
—Lo pensaré —le dije. Pero enseguida, incontroladamente, solté:
>>No, espera, cuenta conmigo. ¿Quiénes vamos?
—Marcos, Jorge, Pedro, tú y yo.
Por la cabeza se me pasó no ir, pero acepté.
Joder: el capullo de Marcos, el negativo de Pedro, Javier y Jorge.
Marcos era insoportable. Un cateto cuyos padres pudieron meter en la universidad, de pocas luces a pesar de haber llegado a convertirse en Médico y el típico con aires de superioridad que habla dando lecciones, confundiendo su perspectiva con la realidad.
En cuanto a Pedro, era mi perfecta antítesis. Un tipo dedicado a la literatura, pero a la OTRA literatura. A aquella que explora todo lo oscuro del ser humano. Huelga decir que era un pesimista redomado, un hedonista, un egocéntrico y un drogadicto en potencia, víctima de la insufrible frase: <<Yo controlo>>.
De Javier, ya he dicho bastante y no perderé más tiempo con él. En lo referente a Jorge... Jorge quizás fuera el más agradable de todos. Ingeniero de profesión, abierto de mente, amable de formas y maneras. Sí, era un buen tipo. Quizás un poco inflexible y algo serio. Pero un buen tipo.
Como se ve, no es difícil adivinar el porqué de nuestro distanciamiento.
Yo, particularmente, me cansé de aguantar a la mayoría.
Las discusiones se sucedían, las quedadas disminuyeron y dejamos de compartir cosas. Nuestros particulares caminos terminaron por poner tierra de por medio y todos acabamos donde cada uno debía estar. Y estuvo bien.

Por eso, aún ahora, después de todo, me pregunto reiteradamente por qué fui.

(c) Rafael Heka

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