sábado, 14 de febrero de 2015

Crónicas Globulares Serial 03: La pregunta del millón


Lo primero que vio Barael tras cruzar la portezuela fue una empinada e interminable escalera de caracol flanqueada por un duende mayordomo.
El sirviente le susurró mecánicamente:
—Suba los escalones hasta llegar a una puerta de madera en cuyo frontal hay tallada una gran estrella. Una vez allí, párese y utilice el llamador tres veces. En ese momento recibirá más instrucciones.
Dicho esto, el mayordomo desapareció por otra compuerta que había detrás de la escalera.
Barael comenzó enseguida la ascensión.
Lo primero que le sorprendió fue la paupérrima iluminación. De hecho, estaba oscuro, bastante oscuro. Sólo de vez en cuando la luz de alguna desangelada y raquítica antorcha le permitía ver las escaleras.
En cuanto a los escalones, de hielo puro, eran suaves pero excesivamente fríos. Eso realmente le disgustó; no era digno de un palacio. 
Al cabo de un rato de muda ascensión, se encontró con un pequeño ventanuco totalmente escarchado. Lo limpió y se asomó. Nada, no se veía ni torta. Nubes tan solo.
Tras lo que a él le pareció una aburridísima eternidad, llegó finalmente al lugar indicado. Llamó y la puerta se abrió sin ninguna espera.
Tras ella, encontró otro criado vestido de manera más exquisita, el cual le invitó a entrar en una habitación ampliamente iluminada ataviada con los muebles más suntuosos que jamás hubiera visto, junto a un montón espejos de hielo.
—Por aquí —le indicó abriendo otra puerta al fondo de la habitación.
Cansado y sofocado, entró.
Mi madre pensó ¡no llego en la vida!

* * *

—Bueno, joven —comenzó la arrugada y postrada figura del rey desde su lecho de voluptuosos doseles—: ¿ya sabe usted por qué está aquí, verdad?
Barael asintió.
—Pues al igual que al resto de sus compañeros —continuó el rey monótonamente—, he de explicarle un par de cosas:
>>Desde que nuestro dios Dindorx finalizó la cruenta Guerra de los Colores y puso a la casta de duendes blancos al frente de la monarquía y regencia del continente, un único requisito se les ha pedido a los reyes de Blancuol. Éste, no es otro que el de conocer la importancia del color blanco frente al resto de los colores.
>>Desde que se lo rebelara al primer rey de Blancualín, ha sido un secreto entre el populacho. Sólo el rey lo podía saber para que, en el caso de que los reinos de colores quisieran empezar de nuevo la guerra, ésta se pudiera evitar. Esta revelación ha pasado de padres a hijos durante generaciones en el más absoluto de los secretos y en el justo momento de ser coronados.
>>Claro, que yo ahora me enfrento a un problema, pues carezco de descendencia, así que sólo me queda la opción de elegir como rey a aquél que conozca este secreto de forma innata. Ello indicaría que Dindorx ha intercedido y lo ha elegido a él como solución a este dislate. Francamente, me temo que este reino quedará sin regencia, pues llevo ya muchos duendes entrevistados y a todos se les queda la misma cara de gilipuertas que a ti se te está quedando cuando les hablo de esto.
>>En fin, concretando y rapidito. —Tosió harto ya de la misma charla reiterativa—. ¿Tú sabes por qué el Blanco es el más importante de todos los colores?
—Me temo que no, Su Duendeza —respondió Barael totalmente desolado.
—Pues, ea, a hacer puñetas —fue la seca y automática formalidad del rey Baradir mientras cogía una cuerda que colgaba a la derecha de su cama y tiraba de ella sin la más mínima de las contemplaciones.
Súbitamente, el suelo se abrió bajo los pies de Barael precipitándolo al vacío.
—¡SIGUIENTE! —gritó Baradir.

* * *

—¡Ahhhhhhhhhhhhh........ —gritaba también Barael mientras resbalaba hacia una oscura e incierta profundidad por un gélido e interminable tobogán de hielo —…que me MUEROOOOOOO!
Cayó y cayó hasta aterrizar en un mullido colchón de plumas.
Había llegado directamente a las caballerizas. Allí, dos soldados le condujeron hasta una cubito-carroza, le metieron rápidamente en ella, espolearon los caballos y exclamaron al unísono monótonamente:
—Mañana por la mañana escuchad el bando en la plaza mayor y gracias por la visita.
La carroza salió disparada hacia el pueblo y Barael terminó vomitando el ágape que le dieron en el castillo… como todos sus antecesores.

(c) Rafael Heka
(c) 33 Ediciones



sábado, 10 de enero de 2015

Crónicas Globulares Serial 02: Recepción en el Castillo de Harina



Como todos los días del año, la nieve y la ventisca azotaban cruelmente la ciudad de Blancuol.
Los duendes, laboriosos y ufanos, se aplicaban en sus trabajos limpiando las calles de nieve y escarcha mientras desde lo alto de las almenas del siniestro Castillo de Harina un curioso observador espiaba el ir y venir de multitud de carretillas rebosantes de aperos y utillajes.
Aquel ritual se repetía siempre a primeras horas de la mañana para que el resto del día las calles quedaran limpias y transitables.
Pero éste era un día especial en Blancualín. Uno anhelado por muchos, aunque esperado por pocos:
Baradir, el rey de los duendes blancos, se moría.
Su edad era incalculable y, a pesar de que se resistía a morir, debía de hacerlo de una puñetera vez.
Sólo un asunto le quedaba por resolver: encontrar un sucesor.
Aquella mañana, su arrugado y delgado cuerpecillo intentó sin éxito levantarse de su rica cama de dosel.
Allí postrado mesó su larguísima barba blanca, se atusó los pocos pelos que le quedaban en la cabeza, colocó sobre ella una majestuosa corona de perlas blancas y tiró de un brocado y nacarado cordel que colgaba de un extremo de la cama.
A los pocos segundos, una bruñida puerta de mármol blanco se abrió de par en par, entrando por ella un criado de librea vestido de un blanco radiante:
—¿Qué desea el señor? —preguntó.
—Papel y pluma —respondió Baradir rompiendo a toser desaforadamente.
El criado golpeó militarmente sus talones y salió por donde había venido.
Una siniestra sonrisa se esbozó en la cara del viejo rey mientras oteaba a sus súbditos tras el cristal del inmenso ventanal situado a la diestra de su lecho.

* * *

Tan sólo habían pasado unas horas.
Los duendes se arremolinaban en la antigua y clásica plaza mayor de Blancuol.
—¿Qué pasa? —preguntaban unos.
—¿Qué ocurre? —preguntaban otros.
Multitud de cuchicheos sobrevolaban desde todos los rincones de la plaza.
Finalmente, el sonido de un par de largas trompetas desde el centro del zoco hizo enmudecer a los curiosos centrando su atención.
Los dos sirvientes reales dejaron los instrumentos de pie en el suelo y, con sumo cuidado, uno de ellos sacó de una blanca alforja un rollo de grueso pergamino.
Los duendes presentes contuvieron el aliento.
Con enguantadas manos, el portador del pergamino rompió el blanco sello real, desenrolló el comunicado y leyó:
—Queridos ciudadanos: Sé que a muchos de vosotros la noticia que voy a comunicaros os alegrará. Sinceramente, a mí no me hace la más mínima gracia: Me muero.
>>Este hecho sin importancia (para todos aquéllos que os alegráis) supone un complicado problema. Me explicaré: he de decidir sucesor y, dada mi disoluta vida social, como sabéis, no he tenido descendencia. Desgraciadamente, tampoco tengo hermanos. Por estos motivos, os hago saber que cualquier varón del país de Blancualín que deseé llegar a convertirse en rey, va a tener su oportunidad. Para ello, tan sólo ha de presentarse en el Castillo de Harina mañana por la mañana.
Acabada la lectura, y con la misma ceremonia con la que lo desenrolló, el criado volvió a enrollar el bando, lo metió en el zurrón del que lo sacó y, al igual que su compañero, montó en su poney poniendo rumbo al castillo a todo cuanto daban los cascos de su pequeño rocín.
Los murmullos regresaron con estruendo y excitación.
Rápidamente, los duendes desaparecieron por las calles en dirección a sus cálidos hogares. Ese día, no continuaron con su trabajo, no limpiaron más nieve. Sólo soñaron.

* * *

A la mañana siguiente, miles de duendes aguardaban impacientes en los amplios salones del fastuoso Castillo de Harina.
Habían accedido a ellos por el amplio vestíbulo principal, al frente de la entrada del cual se podían contemplar dos amplios portones cerrados a cal y canto. A su derecha e izquierda estaban los dos accesos a los bellos salones auxiliares.
Aunque parezca extraño, y contra todo pronóstico, a cada duende que llegaba los sirvientes le obsequiaban con un sabroso bombón de chocolate blanco y un número bordado en tela.
La magnitud de los salones era descomunal. Enormes lámparas de hielo de permanente luminiscencia pendían de sus elevados techos cual racimos de uvas preñadas de vida mientras sus amplísimos ventanales, decorados con laboriosas vidrieras fabricadas en caramelo transparente y caramelo blanco, representaban pasajes míticos de La Guerra de los Colores.
En el centro de cada sala emergían a su vez exuberantes fuentes de mármol blanco de las que manaban abundantes cascadas de leche haciendo las delicias de los congregados, los cuales, totalmente deslumbrados ante tanta riqueza, deambulaban atolondrados de un lado para otro observando aquellas maravillas mientras degustaban el pequeño bombón con el que fueron obsequiados.
Transcurrida la mañana, y llenos ya los salones, los invitados empezaron a impacientarse haciéndose todos la misma pregunta:
“¿Para qué demonios servirá el número que nos han dado?”
—Será el número de carretillas de nieve que tenemos que tirar por los toboganes mágicos antes de convertirnos en rey —bromeaban algunos.
—O el número de patadas en el culo que habremos de soportar de este viejo huraño —decían otros.
—No, ya lo tengo —respondía un tercero—: para mí que son los años que tendremos que esperar antes de ser coronados.
Nadie estaba seguro de su significado. La idea de un sorteo era la más plausible.
De pronto, por unos cuernos de concha nacarada que colgaban de las esquinas superiores de los salones, se escuchó una voz que dijo:
—Por favor: aquel duende que sea portador del número 1, que se acerque a los portones del salón principal.
Todos los duendes inclinaron la cabeza y miraron su número. Después, todos menos uno, comenzaron a mirarse entre sí y a mirar el número de su vecino.
Este uno, con paso decidido y firme, se acercó hasta donde le habían indicado, gritando:
—¡Lo tengo, lo tengo, abridme paso!
La masa de duendecillos abrió camino haciendo un corrillo que conducía directamente a los portones.
El duende se adelantó hasta ellos y gritó en voz alta:
—Yo soy el portador del número y estoy frente a la puerta.
Acabadas sus palabras, de uno de los dos portones se abrió una compuerta de la que emergió un barbilampiño y hosco sirviente.
Tendiéndole una mano, invitó al afortunado a penetrar por ella.
Los demás duendes se arremolinaron frente a la puerta con la boca abierta.
Primero entró el duende, luego el sirviente, luego el aire y, por último, la compuerta se cerró.
Los demás duendes, desilusionados, pensaron que ahí había terminado todo, que ya podían volver a sus casas. Sus rumores y murmullos llenaron las paredes del castillo de tal manera que amenazaron con romperlas.
Estaban sufriendo en vano, pues, prontamente, los cuernos volvieron a sonar:
—Por favor, el portador del numero dos puede acercarse al portón de la sala principal.
Los duendes volvieron a mirar unos para otros y sonrieron. Comprendieron que aquellos números marcaban el orden de entrada y que, impepinablemente, todos pasarían por los salones del trono.
¿O no?
Por lo pronto, de uno por uno, poco a poco, lenta, pero que muy lentamente, fueron entrando por la compuerta de los portones.
Aunque entraban, no se los veía salir (esto era porque los candidatos, acabada la entrevista, eran conducidos al exterior en unas bellas carrozas con forma de cubitos de hielo). De esa manera el rey mataba dos pájaros de un tiro: por un lado aligeraba los salones, por otro conseguía que los que se marchaban no consumieran más cosas.
Pero, ¿qué era lo que sucedía en esas misteriosas entrevistas?
Para ello cogeremos un duende al azar; no sé..., el ochocientos cincuenta y cuatro. Sí, un duende delgaducho de pelo blanco y corto, cejas prominentes, perilla y ¿vestido?, a ver si lo veo..., sí, lleva una camisa blanca con puntillas, una levita corta color blanco oscuro, leotardos nacarados y unas botas altas de bucanero en piel de elefante blanco muerto de infarto senil.
Pues bien, este duende tan apuesto se llamaba Barael y se podría decir que era relativamente joven: tendría unos doscientos años, más o menos. Lo que se entendería por una incipiente madurez.
Pues bien, el duende cruzó la portezuela y se internó en la oscuridad.

(c) Rafael Heka
(c) 33 Ediciones